Andrés Vesalio: Anatomista renaciente y médico de los Austrias mayores

Tal día como hoy, 31 de dieciembre, se conmemora el V Centenario del nacimiento de Andrés Vesalio –Andries van Wessel- en Bruselas (1514-1564). Este insigne cirujano y anatomista, a la par que destacado médico de cámara del emperador Carlos V y de su hijo, Felipe II, ha sido siempre reconocido por los historiadores de la ciencia médica como el fundador de la anatomía moderna, de la mano de su revolucionaria praxis personal, plasmada textual y gráficamente en su obra cumbre De humani corporis fabrica libri septem (1543).

Retrato de Vesalio a la edad de 28 años, mostrado los músculos y tendones del brazo de un cadáver con un aforismo de Celso “Ocyus, jucunde et tuto” (seguro, rápido y grato)
Retrato de Vesalio a la edad de 28 años, mostrado los músculos y tendones del brazo de un cadáver con un aforismo de Celso “Ocyus, jucunde et tuto” (seguro, rápido y grato)

Andries van Wessel pertenecía ya a una reputada dinastía de médicos personales de los Habsburgo: Su padre Andries era el boticario de Carlos V, mientras que su abuelo Everard fue médico personal del emperador Maximiliano, no era raro por tanto que el joven Andrés siguiera la tradición familiar.

Andrés Vesalio recibirá las primeras letras en la Escuela de los Hermanos de la Vida Común de Bruselas -organización religiosa vinculada a la devotio moderna-. Allí comenzará a interesarse por las obras científicas de San Alberto Magno, además de contar como compañero de estudios con Antoine Perrenot, futuro Cardenal Granvela, quien será más tarde valedor suyo ante el emperador. Hacia 1531 acude a cursar artes al Colegio Trilingüe -de latín, griego y hebreo- de la Universidad de Lovaina. Seguro ya de inclinarse por los estudios de medicina, marchará a la Universidad de París (1533), en donde tendrá como profesores a Johann Günther von Andernach, Jacques Dubois (Jacobus Sylvius) y Jean Fernel, galenistas que le inician en el campo de la anatomía humana. Allí coincidirá con los españoles Andrés Laguna y Miguel Servet, y no dudará a la hora de adquirir para sus prácticas huesos de cadáveres del Cementerio de Los inocentes. La guerra entre Francisco I de Francia y Carlos V le obligará a continuar con sus estudios médicos en Lovaina y en la prestigiosa Universidad de Padua, en la cual obtiene finalmente los títulos de doctor (5 diciembre 1537) y explicator chirurgiae. Durante esos años dará clase en las universidades de Padua, Bolonia y Pisa.

Las enseñanzas médico-quirúrgicas de Vesalio y la reacción de sus opuestos galenistas

La anatomía pre-vesaliana estaba asentada en una amalgama de tradiciones: las latinas de Hipócrates, las arabizadas de Galeno de Pérgamo y el Canon de Avicena. Entre sus representantes contamos por ejemplo con Johannes de Ketham, Nicolo Leoniceno, Leonardo da Vinci –quien ya aunaba ciencia y arte en la representación anatómica, como pone de manifiesto el Códice Windsor– y Mondino dei Luzzi, entre otros muchos.

Andrés Vesalio, gracias a la experiencia cognitiva de sus prácticas de disección, había comenzado a cuestionar las teorías anatómicas vigentes hasta entonces al achacar, por un lado, la pérdida de habilidades exploratorias de sus médicos coetáneos: Éstos se habían convertido en meros “patólogos teóricos”, al haber delegado la crucial exploración fisio-patológica del enfermo y del cadáver en manos de subalternos de puntero y barberos con navaja, mientras que ellos dictaban la lección humanística heredada desde lo alto de la cátedra.

U/10657 Mondino dei Luzzi.  Anothomia Mundini (1520) http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000089924
U/10657 Mondino dei Luzzi. Anothomia Mundini (1520)

Por otra parte, Vesalio reprochará a Galeno el hecho de que diseccionara monos de la Berbería y otros animales en lugar de seres humanos. Denunciará por ejemplo los errores de aquél, de Mondino dei Luzzi y de Aristóteles sobre las válvulas del corazón. Jacobus Sylvius, su antiguo maestro en París, reaccionará encolerizado llamándole “vesanus” (loco).

En su obra cumbre Fabrica Vesalio concibe el cuerpo humano como un sistema o edificio sustentado por la estructura ósea (primer libro), unida por ligamentos y músculos (2º libro), así como por arterias, venas y nervios (libros 3º y 4º). Los libros 5º, 6º y 7º están dedicados a las cavidades abdominal, torácica y encefálica. La obra le fue dedicada al emperador Carlos V, como podemos comprobar en una epístola introductoria, cuya inicial “Q” historiada alberga la disección de un lechón a manos de un grupo de expertos erotes.

Epistola dedicatoria a Carlos V
Epistola dedicatoria a Carlos V

Su Epítome -una versión abreviada de la Fabrica para los alumnos- le será dedicada al regio hijo de aquél, Felipe II de España. Los excepcionales grabados xilográficos de la Fabrica fueron realizados por Jan Steven Van Calcar, seguidor de Tiziano, mientras que el texto tipográfico fue compuesto por el experto impresor de Basilea Iohannes Oporinus.

Fronstispicio de la Fabrica
Fronstispicio de la Fabrica

Comentamos a continuación el fundamental frontispicio grabado de la Fabrica. En un anfiteatro anatómico de arquitectura palladiana se ha dispuesto un graderío de madera atestado de alumnos para presenciar la disección que un cirujano ¿acaso Vesalio? está practicando al cadáver de una mujer. Un esqueleto con guadaña preside la escena. Dos barberos desconsolados son representados bajo la mesa de operaciones navaja en mano, a la vez que un perro y un mono de raigambre galénica contemplan distantes y más bien tensos la escena. En lo alto, sendos erotes sostienen el blasón parlante de Vesalio –Las tres comadrejas blancas pasantes sobre fondo negro-. En el cuerpo arquitectónico superior, un joven y un viejo enmarcan la marca tipográfica de Johannes Oporinus de Basilea.

Vesalio médico en la Corte de los Austrias

 La fama adquirida por Vesalio y su historial familiar hacen que sea llamado a Bruselas (1544) como médico de cámara de Carlos V, donde casará con Anne Van Hamme, hija del presidente de la Cámara de Comercio de Bruselas. Tras años de servicio como médico de familia y de campaña, y por influencia de Granvela, es nombrado Conde Palatino (21 abril 1556), lo que le confería numerosos privilegios y prerrogativas, como la confirmación de su blasón por ley imperial, la inmunidad ante las leyes y derechos de las ciudades, el salvoconducto, la posibilidad de nombrar notarios, contadores y jueces ordinarios, el poder de promover doctores universitarios, -médicos incluidos-, así como la exención de impuestos para él y sus descendientes legítimos y la especial protección del emperador. En 1559 será llamado hasta la corte francesa para tratar la mortal herida por lanza de torneo del rey Enrique II, pero sólo podrá limpiar de astillas las graves heridas de su cabeza y mitigar la agonía hasta su fatal desenlace.

Tras la abdicación definitiva de Carlos V (1558) pasó al servicio de Felipe II, trasladándose a su Corte en España, y dedicándose también a la atención de los súbditos holandeses. En 1561 responde con amabilidad y aceptación a las críticas vertidas desde Padua por un discípulo metodológico suyo, Gabrielle Falloppio. En la primavera de 1562, y a consecuencia de una caída por las escaleras, el príncipe Carlos sufrirá un traumatismo craneoencefálico, Vesalio se une entonces al grupo de médicos que lo tratan -los doctores Cristóbal de Vega, Diego Olivares y el cirujano Dionisio Daza Chacón, entre otros- practicándole al paciente una trepanación que a la postre será crucial para sanarlo.

Las circunstancias de la muerte de Vesalio permanecen aún sin aclarar. Siguiendo a Justo Hernández González, “en 1564, Vesalio peregrina a Tierra Santa desde España. En contra de lo que han aventurado varias leyendas —como su condena a muerte por la Inquisición, por haber disecado inadvertidamente a un personaje de la nobleza todavía vivo, pena que el Rey conmutó por su viaje a Tierra Santa— el periplo fue aprobado por el Rey, aunque no se sabe si Vesalio quería regresar a España -por las envidias generadas por la intervención del príncipe, o bien pensaba quedarse con la vacante dejada por Falloppio en Padua-. Después de una escala en Venecia, zarpó en marzo hacia Tierra Santa vía Chipre. No se sabe cuándo se inició el viaje de vuelta, pero, en cualquier caso, su barco fue detenido por una gran tormenta. Después de muchas dificultades, alcanzó en octubre la isla de Zante (al noroeste del Peloponeso), donde Vesalio murió y fue enterrado en un lugar no identificado”. Según José Barón Fernández se cree que posteriormente su cuerpo sería sepultado en la Iglesia de Santa Maria delle Grazie de Zante.

La profunda influencia de los estudios anatómicos de Vesalio asoma por ejemplo en sus seguidores hispanos como Juan Valverde de Amusco, pasando por el conocido lienzo de Rembrandt Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, hasta las morbosas ceras anatómicas de los museos de anatomía normal y patológica y las asépticas radiografías y ecografías de hoy en día. Late aún algo de nuestro protagonista en populares series televisivas, que todavía juegan con el nombre de un moderno manual anatómico.

Manuel Pérez Rodríguez. Biblioteca Digital Hispánica

Bibliografía

BARCAT, J.A. Andrés Vesalio, el genio meteórico. En MEDICINA (Buenos Aires) 2014; 74: 333-336. http://www.medicinabuenosaires.com/revistas/vol74-14/n4/333-336-Med4-Editorial%20Vesalio-web.pdf

BARCIA Goyanes, J. J., El mito de Vesalio, Valencia, Universidad, 1994.

BARÓN Fernández, J. Andrés Vesalio. Su vida y su obra, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1970.

HERNÁNDEZ González, J. Andrés Vesalio. Anatomista, cirujano y médico de cámara del Carlos V y Felipe II.Centro de Estudios Biográficos. RAH. http://blgrah.rah.es/2014/02/26/andres-vesalio-anatomista-cirujano-y-medico-de-camara-del-carlos-v-y-felipe-ii/

LYNN, Mary. Vesalius and the Body Metaphor. The Public Domain Review http://publicdomainreview.org/2013/04/18/vesalius-and-the-body-metaphor/

PUERTA, J. L. Andrés Vesalio: la reconciliación de la mano con el cerebro. Ars medica. Revista de humanidades, ISSN-e 1579-8607, Vol. 3, Nº. 1 (JUN), 2004 , págs. 74-95 http://www.dendramedica.es/revista/v3n1/Andres_Vesalio_la_reconciliacion_de_la_mano_con_el_cerebro.pdf

ROMERO Reverón, R. Andreas Vesalius (1514-1564). Fundador de la Anatomía Humana Moderna. Int. J. Morphol., 25(4):847-850, 2007. http://www.scielo.cl/pdf/ijmorphol/v25n4/art26.pdf

SCHUMACHER, Gert-Horst. Theatrum Anatomicum in History and Today. Int. J. Morphol. [online]. 2007, vol.25, n.1, pp. 15-32. ISSN 0717-9502. http://www.scielo.cl/pdf/ijmorphol/v25n1/art02.pdf

SEMINARIO De Humani Corporis Fabrica di Andrea Vesalio. L’uomo visibile da “allora” a “oggi”. Azienda Ospedaliero–Universitaria di Ferrara “Arcispedale S. Anna” – Unità Organizzativa Formazione e Aggiornamento – Biblioteca di Scienze della Salute. http://ibc.regione.emilia-romagna.it/appuntamenti/archivio-appuntamenti/2013/a-cona-ferrara-il-seminario-201cde-humani-corporis-fabrica-di-andrea-vesalio-l2019uomo-visibile-da-allora-a-oggi

Originalmente publicado en el Blog de la BNE, el 15 de octubre, día de la muerte de Vesalio en la isla griega de Zante (1564).

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Richard de Bury: Alto funcionario, obispo y bibliófilo

Richard de Bury: Alto funcionario, obispo y bibliófilo

En entradas anteriores hemos hablado de reconocidos bibliófilos bajomedievales, nada menos que un rey y un jurista pre-humanístico, respectivamente. Esta vez es el turno del británico Richard de Bury (1287-1345). Quien fuera sucesivamente Guardián del Sello Real, Lord del Tesoro, Obispo de Durham, Canciller de Iglaterra, además de hábil diplomático, es sin embargo más conocido por su notable pasión libresca y por ser el autor del Filobiblion, un muy hermoso tratado sobre el amor a los libros, lo que le ha valido ser considerado, en palabras del filólogo Gonzalo Santoja, “el protopríncipe de los bibliófilos”.

Richard Aungerville, más tarde llamado De Bury, nace en Bury St. Edmund (Suffolk, Inglaterra) en 1287. Su padre, un caballero homónimo de Leicester, muere siendo éste aún niño, por lo que hubo de criarse con su tío, John of Willoughby. Entre 1302-1312 Richard cursa estudios en la Universidad de Oxford, en donde es muy posible que coincidiera con personajes de la talla de Duns Scoto y Guillermo de Ockham. Tras su formación universitaria, Richard será ordenado monje benedictino, entrando inicialmente al servicio de Walter Langton -tesorero real y obispo de Lichfield-. Más tarde figura como empleado de hacienda de un jovencísimo Eduardo de Windsor -futuro rey Eduardo III de Inglaterra- llegando a chambelán del Condado de Chester. Se cree que De Bury también pudo ejercer como tutor del joven príncipe de 1323 a 1326. En marzo de 1325, Richard acompañaría a la reina Isabel y al heredero en su viaje a Francia, a fin de concertar un tratado con el hermano de aquélla, el vecino rey Carlos IV le Bel, logrando Richard como recompensa el cargo de Condestable de Burdeos (1326) –territorio por entonces bajo soberanía del reino inglés-.

Howard Pyle. Richard de Bury como tutor del joven Eduardo III.  Delaware Art Museum.
Howard Pyle. Richard de Bury como tutor del joven Eduardo III. (1903) Delaware Art Museum.

Involucrado en la Revuelta de los Barones (1326-1327) contra Eduardo II de Inglaterra y el amante de éste, Hugo Despenser el joven, De Bury tomará partido por el bando de Isabel de Francia y el de su amante, Sir Roger Mortimer, a la postre ganador. El rey inglés será capturado, obligado a abdicar en favor de su hijo y, finalmente, ajusticiado. El recién entronizado Eduardo III dará sin embargo un golpe de mano contra la regencia materna, confinándola a ella en el castillo de Rising, y ajusticiando al amante. En cualquier caso el nuevo monarca no se olvida de los servicios prestados por su antiguo tutor, y le nombra Guardián del Sello Privado y del Tesoro Reales (1329-1333), obteniendo además múltiples prebendas eclesiásticas.

Por orden del joven rey de Inglaterra, en 1330 De Bury es enviado en misión diplomática a la Corte del Papa Juan XXII en Aviñón, a fin de negociar el apoyo papal al reciente golpe de estado. Richard no deja pasar la ocasión para conseguir una capellanía papal y la promesa de ser candidato predilecto al siguiente obispado que quedase vacante en Inglaterra. En esta Corte Pontificia De Bury conocerá a Petrarca, el cual nos le describe como “un hombre de mente viva y no ignorante de las letras, quizá demasiado inquieto por conocer los secretos del mundo que nos ha tocado vivir”. El poeta humanista italiano le inquirirá acerca de la mítica isla de Thule y Richard prometerá escribirle desde Inglaterra aportándole más información -cosa que finalmente nunca llevaría a cabo- (Petrarca. Epistole Familiari Libro III. Lettera a Tommaso Caloiro).

En 1333 regresará de nuevo a Aviñón y a París, en donde sabemos que cultiva su gusto por adquirir manuscritos. Este mismo año, habiendo quedado vacante la mitra de Durham, el cabildo de la catedral monástica escoge a uno de sus monjes, Robert de Graystanes, como su nuevo obispo, pero será por poco tiempo, ya que la suma de los poderes Real y Papal impone a De Bury en la cátedra episcopal (1334), regresando aquel pretendiente monacal “con gratitud” a su clausura. El mandato episcopal de Richard de Bury seguramente fuera bueno, aunque éste a menudo se vería obligado a ausentarse de su diócesis: y es que además de ser Lord del Tesoro, entre 1334-1337 De Bury también pasó a ejercer de Canciller de Inglaterra, a lo que hay que  sumar que el rey no dejaba de encomendarle nuevas misiones diplomáticas en Francia, Escocia, Flandes y Alemania.

A buen seguro, y a medida que fuera envejeciendo, Richard gustaría cada vez más de ejercer en su catedral y de gozar de la compañía de “sus mejores amigos”, los libros que éste compulsivamente coleccionaba. Como más adelante veremos, Richard de Bury adquiere libros por medio de obsequios a su persona, de compras y de préstamos (Philobiblion, Cap. VIII).

Las obras escritas por Richard de Bury -de las que tenemos hasta ahora conocimiento- son sólo tres: un Liber epistolaris quondam Ricardi de Bury (N.Denholm-Young ed.., 1950), un Orationes ad Principes y, sobre todo, su Philobiblion. Sólo a través de las abundantes referencias en él contenidas podemos llegar a esbozar qué autores y temáticas figuraban en su colección (Brechka, F.T., p. 308-310):

Entre sus volúmenes había, por supuesto, versiones de la Vulgata y de los Padres de la Iglesia -Ambrosio, Agustín, Gregorio, Jerónimo, Tertuliano y Orígenes-, pero también había sitio para la Teología mística de Dionisio Areopagita y la literatura esotérica del Hermes Trimegisto.

Entre las obras jurídicas tendríamos las Pandectas de Justiniano, pero también tratados de gobierno, como el Policraticus de Juan de Salisbury, o la epístola misógina De non ducenda uxore de Valerio a Rufino.

En cuanto a los tratados científicos, Richard poseyó la Técnica del médico Galeno, la Geometría de Euclides, la Historia Natural de Plinio o la Astronomía de Ptolomeo. Interesado por las lenguas latina, griega y hebrea, tuvo también las gramáticas latinas de Donato, Phocas, y Prisciano. La retórica clásica estaría representada por autores como Cicerón, Demóstenes, Isócrates y Valerio Maximo. También figuraría un “libro de libros”: Las Noches Áticas de Aulo Gelio, la Consolación de la Filosofía de su apreciado Boecio –autor de referencia en su Philobiblion– y múltiples obras líricas de autores como Lucrecio, Macrobio, Martiniano, Sidonio, Virgilio, Séneca y Casiodoro, junto a otros títulos, como el Arte Poética de Horacio, los Epigramas de Marcial, los Remedia Amoris de Ovidio, etc.

Entre sus volúmenes pertenecientes a historiadores romanos figurarían Catón, Flavio Josefo, Julio César, Tito Livio, Salustio y seguramente La vida de los doce césares de Suetonio. De autores griegos tendría a Homero, Partenio, Píndaro, Simónides y Sófocles, pero también obras de los filósofos Teócrito de Siracusa, Filolao, Platón, Pitágoras, Espeusipo, Teofrasto, Jenócrates, Zenón y por supuesto, Aristóteles –en palabras de De Bury, el “príncipe de los filósofos”, muy estudiado y apreciado en la Inglaterra de su tiempo-.

Como muestra del depredador modus operandi de Richard de Bury, en la Gesta Abbatum Monasterii Sancti Alban de Thomas Washingam (p. 200-201) su autor se lamenta de que, en 1330 -y a cambio de evitar una investigación del Rey en el monasterio- el abad Richard de Saint Albans le regalase, al por entonces Guardián del Sello Real, cuatro libros -un Terencio, un Virgilio, un Quintiliano y un Jerónimo contra Rufinum-, persuadiendo asimismo al capítulo monástico de venderle un total de 32 libros por la suma de 50 libras de plata -más tarde, siendo ya obispo, De Bury reintegraría al monasterio algunos de ellos-. A su muerte, y tras la subasta de su cuantiosa colección, retornarían a Saint Albans otros cuantos libros, incluidas unas Obras de Juan de  Salisbury, que llaman la atención por contener una glosa manuscrita testimoniando su recompra por el monasterio.

A través de una carta fechada en 1335, sabemos también que Anthony Bek, deán de Lincoln y más tarde obispo de Norwich, pide a De Bury que le fuera devuelta una copia del Liber Victorie contra Iudeos del cartujo genovés Vittorio Porchetto de Salvatici. (Cheney, 1973, p. 325-326).

“Richard de Bury, obispo de Durham, muchos y variados nobles libros nos dio. Su abundante número nos deleita. Han vuelto al armarito que tenemos en la iglesia”.  Miniatura y texto del Catalogue Of the Benefactors Of St. Albans Abbey (1380). British Library. Cotton MS Nero D VII, f. 87 r.
“Richard de Bury, obispo de Durham, muchos y variados nobles libros nos dio. Su abundante número nos deleita. Han vuelto al armarito que tenemos en la iglesia”. Miniatura y texto del Catalogue Of the Benefactors Of St. Albans Abbey (1380). British Library. Cotton MS Nero D VII, f. 87 r.

Su cuantiosa colección privada, estimada en unos 1500 volúmenes, era a todas luces la más numerosa de la Inglaterra del XIV: Tenía más libros que todo el resto de obispos ingleses juntos y, según la Continuación de la Crónica de las maravillosas gestas del rey Eduardo III de Adam Murimuth y Robert de Avesbury, “cinco enormes carros no bastaban para transportarla”. Sus estancias estaban tan llenas de manuscritos que era imposible dar un paso sin pisarlos.

Además de la compañía de sus amados libros, Richard se supo rodear de un nutrido círculo de intelectuales, en su mayoría eclesiásticos, que se mueven entre Oxford, Aviñón y Bolonia: Robert Holkot –su secretario personal-, Richard Kilvington, Richard Benworth, Walter Seagrave, John Maudit, Walter Burley, Richard Fitzralph y Thomas Bradwardine, entre otros. Por añadidura, De Bury también mantiene su propia plantilla de copistas, transcriptores, encuadernadores e iluminadores, preocupándose además por promover los estudios de las artes liberales. En el Cap, X. del Philobiblion declara por ejemplo que la ignorancia del hebreo dificulta el estudio de la Biblia, por lo que procurará conseguir gramáticas de griego y hebreo para sus escolares.

No tenemos evidencia de que lograra su objetivo de crear una biblioteca colegial en Oxford (Philobiblion, Cap. XVIII), dotada además de su propio reglamento de préstamos (Cap. XIX). Sabemos por el contrario que, un 14 de abril de 1345, y a consecuencia de sus cuantiosos y continuos dispendios, Richard de Bury fallece en medio de la penuria económica, y que sus libros hubieron de ser saldados para hacer frente sus deudas, dispersándose así toda su colección personal. En un inventario de Durham consta que, una vez fallecido, se procedió a la solemne ruptura de la matriz de su sello personal, siendo fabricado a continuación con los fragmentos resultantes un cáliz de plata para el altar de San Juan Bautista (Puigarnau, A., 2000). El 21 de abril sus restos mortales son finalmente sepultados ante el altar de Sª María Magdalena, en el transepto de los Nueve Altares de la Catedral de Durham.

El Philobiblion o Tractatus pulcherrimus de amore librorum

La obra más reconocida de Richard de Bury  fue concluida cuando éste ya estaba cercano a su muerte, un 14 de Mayo de 1345 (Brechka, F. T., 1983, p. 311). Su estilo literario contiene constantes referencias a las Escrituras, a los Padres de la Iglesia y a los autores de la Antigüedad pues, no en vano, De Bury buscaba continuamente impresionar a sus lectores con sus conocimientos de autores griegos y romanos. Pasamos a continuación a resaltar y comentar aquellos pasajes de su obra que nos parecen especialmente evocadores. Las negritas y los corchetes son de nuestra cosecha, amén de las miniaturas medievales ajenas al texto original y que hemos seleccionado para ilustrar el discurso.

De Bury da comienzo a su obra ensalzando los libros como objetos depositarios de toda sabiduría (Cap. I) y asegurando que se han de preferir por encima de cualquier otro placentero bien (Cap. II):

Cap. I. Alabanza de la sabiduría y de los libros en los cuales ésta reside.

[…] “En los libros veo a los muertos como si fuesen vivos; en los libros preveo el porvenir; en los libros se reglamentan las cosas de la guerra y surgen los derechos de la paz. Todo se corrompe y destruye con el tiempo […] toda la gloria del mundo se desvanecería en el olvido si, como remedio, no hubiese dado Dios a los mortales el libro” […].

[Comentario: El inicio de este párrafo tiene como posible antecedente la máxima de las Filípicas [10, V] de Cicerón: pues la vida de los muertos persiste en la memoria de los vivos”, y parece anunciarnos, a su vez, aquellos conocidos versos del soneto que más tarde escribiría Quevedo:

Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos”]

[…] “El privilegio de reyes y papas de ser conocidos por la posteridad se lo deben a los libros […] los libros son los maestros que nos instruyen sin brutalidad, sin gritos ni cólera, sin remuneración”.

[Comentario: Como afirmaría después Alfonso el Magnánimo -otro rey igualmente bibliófilo-: «Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer».]

Cap. II. De cómo los libros deben ser preferidos a las riquezas y a los placeres.

“Las riquezas, de cualquier especie que sean, están por debajo de los libros, incluso la clase de riqueza más estimable: la constituida por los amigos, como lo confirma Boecio en su II libro de “De Consolatione” […] “Una biblioteca repleta de sabiduría es más preciada que todas las riquezas, y nada, por muy apetecible que sea, puede comparársele” […].

Inicial historiada con Boecio instruyendo a sus estudiantes. De consolatione philosophae MS Hunter 374 (V.1.11), Glasgow University Library. folio 4r (Italia, 1385)
Inicial historiada con Boecio instruyendo a sus estudiantes.
De consolatione philosophae MS Hunter 374 (V.1.11), Glasgow University Library. folio 4r (Italia, 1385)

[Comentario: El cónsul romano y magister officiorum Boecio fue encarcelado, condenado sin ser escuchado, y ejecutado por orden del rey Teodorico el ostrogodo. Durante su confinamiento éste pudo reflexionar acerca de la volubilidad del favor del los príncipes y de la inconstante devoción de los amigos, dando como fruto su obra filosófica más conocida.]

Cap. III. De cómo los libros deben ser comprados siempre, exceptuando dos casos.

[…] “No hay que reparar en sacrificios para comprar un libro si se nos ofrece una coyuntura favorable” […]

[Comentario: Si no, como nos dice Aulo Gelio a través de Richard de Bury, podría sucedernos como al rey romano Tarquinio el Soberbio, que por escatimar en adquisiciones vio desaparecer pasto de las llamas buena parte de los libros sibilinos.]

En los capítulos siguientes De Bury critica el descuido y maltrato que subordinados y clérigos le dispensan a los libros (Cap. IV, V, VI y XVII) y las enormes pérdidas y destrucciones causadas por guerras e incendios (Cap. VII).

Cap. V. De cómo los buenos religiosos escriben libros y de cómo los malos se ejercitan en otros menesteres.

Detalle de inicial historiada: Un monje bodeguero cata vino de barril con una escudilla, mientras con la otra mano llena su jarra. Li Livres dou Santé. Aldobrandino of Siena. Francia, siglo XIII. British Library, Sloane 2435, f. 44v. 002562
Detalle de inicial historiada: Un monje bodeguero cata vino de barril con una escudilla, mientras con la otra mano llena su jarra. Li Livres dou Santé. Aldobrandino of Siena. Francia, siglo XIII. British Library, Sloane 2435, f. 44v. 002562

“Los religiosos que profesaban a los libros una excepcional veneración y un gran aprecio […] entre las horas canónicas aprovechaban el tiempo dedicado al reposo del cuerpo para componer los manuscritos”  […]. “El libre Baco es mirado ahora con consideración, y a todas horas se trasiega en su honor, mientras que los códices son despreciados […] viendo al dios libre de los bebedores preferido a los libros de los antecesores, se entregan preferentemente a vaciar los cálices en vez de dedicarse a copiar manuscritos”.

Cap. VI. En el que el autor alaba a los antiguos religiosos mendicantes y reprende a los modernos.

[…] “Arrepentíos, los pobres de Cristo, y buscad los libros, leedlos con avidez, porque sin ellos no podréis impregnaros del espíritu del evangelio de la paz […]. “Y verdaderamente el clérigo que ignora el arte de escribir produce el efecto de estar manco o vergonzosamente mutilado […] quien no sabe escribir no debe atribuirse el derecho de predicar la penitencia” […] Quiera Dios que os arrepintáis de mendigar, pues es seguro que entonces os consagraréis con más placer al estudio”.

A continuación, en el crucial Cap. VIII Richard de Bury nos explica cómo ha ido engrosando su cuantiosa biblioteca: con los volúmenes que monjes y patrocinados le regalaban a cambio de su apoyo, mediante compras efectuadas a libreros ingleses y europeos en el transcurso de sus viajes y, finalmente, con las copias manuscritas de los propios amanuenses a su servicio. En su impulso bibliómano De Bury no dudaba en emplear a sus monjes de confianza como agentes a la caza y captura de manuscritos a lo largo y ancho de Inglaterra y del continente europeo, con especial mención a la orden dominica.

Cap. VIII. De las muchas oportunidades que por doquier se presentaron al autor para adquirir libros.

[…] “Cerca del rey, que nos cuenta entre sus servidores, obtuvimos un amplísimo permiso para visitar a nuestro gusto y por doquier las bibliotecas públicas y privadas, bien de los seglares o bien de los clérigos, y asimismo se nos concedió la facultad de cazar en los bosques más abundantes. Mientras desempeñábamos las funciones de Canciller y Tesorero en la Corte del ilustre e invicto Eduardo III […] fuimos autorizados por la bondad real a investigar con toda libertad en los rincones más apartados de las bibliotecas”.

“La noticia de nuestra afición a los libros, sobre todo a los antiguos, cundió rápidamente, y se difundió que nuestro favor se ganaba más fácilmente por medio de manuscritos que por medio del dinero […]. En vez de presentes y dones suntuosos, se nos ofrecieron abundantes cuadernillos sucios, manuscritos decrépitos y cosas semejantes, que eran, tanto para nuestros ojos como para nuestro corazón, el más precioso de los regalos.”

“Ante nosotros se abrieron las bibliotecas de los más renombrados monasterios, los cofres se pusieron a nuestra disposición y cestos enteros de libros se vaciaron a nuestros pies; […] los textos antaño más bellos se encontraban inánimes en un miserable estado, cubiertos de deyecciones de ratas y semidestrozados por los gusanos […]. A pesar de ello, encontramos en ellos el objeto y consuelo de nuestro amor y gozamos en este tiempo tan deseado” […]

“Y aunque, gracias a las múltiples comunicaciones de todos los religiosos, en general hayamos obtenido copias de varias obras antiguas y modernas, queremos hacer especial elogio de los hermanos predicadores por su mérito en este respecto, pues los hemos encontrado más dispuestos que los otros a la comunicación, sin jamás rehusarnos lo que poseían […].“Hemos podido, distribuyendo dinero, ponernos en contacto con libreros y anticuarios no sólo de nuestra patria, sino de Francia, Alemania e Italia” […].

Como se verá, De Bury recuerda a los clérigos su especial necesidad formativa basada en los libros (Cap. XIV), por lo que la copia y preservación de los mismos (Cap. XVI) ha de ser la tarea más digna que les ocupe. Los libros son extremadamente útiles (Cap. XV) y equiparables a objetos sagrados, por lo que han de ser tratados de la forma más respetuosa. En otras secciones el autor afirmará su preferencia por los escritos de los antiguos, pero sin desdeñar nunca los textos modernos (Cap. XVI).

Cap. XIV. De aquéllos que deben a los libros un amor especialísimo.

[…] “Boecio muestra la imposibilidad del buen gobierno sin libros […] toda la raza de clérigos tonsurados están obligados a venerar los libros hasta el fin de su vida”.

Cap. XV. De los múltiples resultados de la ciencia contenida en los libros.

[…] Una persona no estimará al mismo tiempo la moneda y los libros: tus discípulos, Epicuro, persiguen los libros. Los financieros rehúsan la compañía de los bibliófilos, porque no pueden convivir juntos: nadie puede servir a la vez a Mammón y a los libros” […]. “Los libros nos encuentran cuando la prosperidad nos sonríe, y nos consuelan cuando nos amenaza una mala racha; dan fuerza a las convicciones humanas y sin ellos no se pronuncian los juicios más graves” […]. Séneca, en su Epístola LXXXIV […] nos enseña que la ociosidad sin libros es la muerte y sepultura del hombre vivo. Por ello concluiremos afirmando que los libros y las letras constituyen el nervio de la vida” […].

Si nos encontramos encadenados en una prisión, privados completamente de libertad, nos servimos de los libros como embajadores cerca de nuestros amigos “[…]. “Por los libros nos acordamos del pasado, profetizamos hasta cierto punto el porvenir y fijamos, por el hecho de la escritura, las cosas presentes que circulan y desaparecen” […].

Cap. XVI. De los libros nuevos que es preciso producir y de los antiguos que es preciso reproducir.

[…] “Como no es menos cierto que todo lo temporal,  y lo que a lo temporal sirve y es útil, sufre y se deteriora por el paso del tiempo, es necesario renovar los viejos ejemplares, a fin de que la perpetuidad, que repugna a la naturaleza humana individual, pueda ser concedida a la especie. Sobre este particular se expresa claramente el Eclesiastés XII, 12: “El trabajo de multiplicar libros jamás toca a su fin”. Pues como el libro experimenta una continua alteración por las mil combinadas mezclas que entran en su composición, obvio es decir que el remedio que a esto pueden oponer los clérigos prudentes es el copiarlos y reconstruirlos, gracias a lo cual un libro precioso, habiendo pagado sus deudas a la Naturaleza, gana un heredero que le sustituye, y es la semilla del sagrado muerto, del que nos habla el Eclesiastés XXX, 4: “El padre ha muerto, pero no lo parece, porque ha dejado tras de sí un ser semejante a él”. Los transcriptores de libros antiguos son en verdad, propagadores de los recién nacidos” […].

Cap. XVII. De cómo los libros deben ser tratados con exquisito cuidado.

“No solamente cumplimos un deber para con Dios preparando nuevos volúmenes, sino que obedecemos a la obligación de un santo espíritu de piedad, cuando los tratamos con delicadeza o cuando, colocándolos en sus sitios correspondientes, los conservamos perfectamente, a fin de que se regocijen de su pureza, tanto si se hallan en nuestras manos, y por tanto a cubierto de todo temor, como cuando se hallan colocados en sus estantes” […].

Juzgamos preciso instruir a los estudiantes sobre las negligencias fácilmente evitables y que tanto daño hacen a los libros: En primer lugar, ha de observarse gran cuidado al abrir y cerrar el volumen, a fin de que, al concluir la lectura, no los rompan por su desconsiderada precipitación; tampoco han de abandonarlos sin abrocharlos debidamente, pues un libro es bien merecedor de más cuidado que un zapato […].

“Puede que veáis a un joven insensato que pierda su tiempo haciendo que estudia, y es posible que, transido de frío y con la nariz moqueando, no se digne limpiarla con su pañuelo para impedir que el libro que está debajo de ella se manche. ¡Pluguiera a Dios que, en lugar de manuscrito, tuviera debajo un mandil zapatero! Cuando se cansa de estudiar, para acordarse de la página en que quedó, la dobla sin ningún cuidado. O se le ocurre también señalar con su sucia uña un pasaje que le divirtió. O llena el libro de pajas para recordar los capítulos interesantes. Estas pajas que el libro no puede digerir y que nadie se ocupa de retirar, van rompiendo las junturas del libro y acaban por pudrirse dentro del volumen. Tampoco les parece vergonzoso el comer o beber encima del libro abierto y, no teniendo a mano ningún mendigo, dejan los restos de su comida en las páginas del códice. El estudiante […] riega con su salivilla el libro abierto en sus rodillas ¡Y qué más queréis! ¡Qué más puede hacer la negligencia estúpida en perjuicio del libro!” […].

Lección de filosofía a alumnos tonsurados en París. Grandes Chroniques de France. Bibliothèque Municipale de Castres. Fines del XIV.
Lección de filosofía a alumnos tonsurados en París. Grandes Chroniques de France. Bibliothèque Municipale de Castres. Fines del XIV.

“Pero cuando cesa la lluvia y las flores aparecen sobre la tierra anunciando la primavera, nuestro estudiante de marras, más menospreciador que observador de los libros, llena un volumen de violetas, rosas y hojas verdes; utiliza sus manos sudorosas y húmedas para pasar las páginas; toca con sus guantes sucios el blanco pergamino y recorre las líneas con un dedo índice recubierto de viejo cuero” […].

“Hay también ciertas gentecillas despreocupadas a quienes se les debería prohibir expresamente el manejo de los libros ya que, apenas han aprendido a hacer letras de adorno, comienzan a glosar los magníficos volúmenes que caen en sus manos; alrededor de sus márgenes se ve a un monstruo alfabeto y mil frivolidades que han acudido a su imaginación y que su cínico pincel tiene la avilantez de reproducir […] y así, muy frecuentemente los más hermosos manuscritos pierden su valor y utilidad”.

Hay igualmente ciertos ladrones que mutilan desconsideradamente los libros y, para escribir sus cartas, recortan los márgenes de las hojas, no dejando más que el texto, o bien arrancan las hojas finales del libro para su uso o abuso particulares: este género de sacrilegio debería estar prohibido bajo pena de anatema. En fin, conviene al decoro de los estudiantes el lavarse las manos cuantas veces salgan del refectorio, al objeto de que sus dedos grasientos no puedan ensuciar, ni los broches del libro, ni las hojas que se vean obligados a pasar” […]

“Finalmente, los laicos que miran con indiferencia un libro vuelto del revés, como si ésta fuera su posición natural, son indignos de tratar con los libros” […].

Cada vez que se note un defecto en un libro, es preciso remediarlo con presteza, pues nada es más propenso a adquirir mayores proporciones que un desgarro, y una rotura que se abandone por negligencia, más tarde no se puede reparar sin hacer considerables gastos” […].

La tardía -pero provechosa- llegada del “Filobiblion” al mundo editorial hispano

En lo que respecta a las primeras ediciones incunables del Philobiblion, hemos de comentar que la editio princeps fue llevada a cabo en Colonia (Alemania) por G. Gops de Euskrychen (1473). Le siguen a la zaga la editada en Espira, por Johan y Konrad. Hüst (1483) y la de París, [Impressit apud Parrhisios Gaspar Philippus pro Ioanne Paruo, bibliopola parrhisiensi], ya de 1500.

Por otra parte, para ver la primera traducción impresa en España, habremos de  esperar a la versión catalana de Josep Pin i Soler (Barcelona, 1916). La 1ª traducción al castellano será efectuada más tarde por el escolapio Tomás Viñas de San Luis, en una edición limitada de 600 ejemplares de la Librería de los Bibliófilos Españoles (Madrid, 1927) que contaba además con las bellas ilustraciones de Josep Triadó i Mayol

Ilustración de Josep Triadó i Mayol para Bury, Ricardo de, El Philobiblion, muy hermoso tratado sobre el amor a los libros. Traducido directamente del latín por el P. Tomás Viñas san Luis. Madrid, Librería de los Bibliófilos Españoles, 1927. p. 89.
Ilustración de Josep Triadó i Mayol para Bury, Ricardo de, El Philobiblion, muy hermoso tratado sobre el amor a los libros. Traducido directamente del latín por el P. Tomás Viñas San Luis. Madrid, Librería de los Bibliófilos Españoles, 1927. p. 89.

Hasta aquí nuestro discurso sobre De Bury y su Philobiblion. No dejamos de recomendar su lectura completa, ya que el tratado, además de ameno, es una delicia. Por nuestra parte, hemos partido de la edición conmemorativa del Día del Libro 2001, hecha en Salamanca por encargo de la Junta de Castilla y León, con prólogo de Gonzalo Santonja, y basada a su vez en el texto fijado por Federico Sainz de Robles Rodríguez en 1946 (red. : Madrid, Espasa Calpe. 1969). Si se desea, se puede consultar una edición en línea del Filobiblion (El taller de Libros, La Coruña, 2007), en una traducción muy semejante a la que nosotros hemos manejado.

Manuel Pérez Rodríguez-Aragón

Biblioteca Digital Hispánica

También publicado en sendas partes I, II) en el Blog de la BNE

Bibliografía

BOITANI, Piero. “Petrarch and the barbari Britanni”. Proceedings of the British Academy, 146, 9-25. The British Academy, 2007.

BRECHKA, Frank T. “Richard de Bury: The Books He Cherished” en Libri, vol. 33 , nº 4, 1983, pp. 302-315.

BURY, Richard de. Filobiblión: muy hermoso tratado sobre el amor a los libros; [traducción directa del latín, Federico Carlos Sainz de Robles Rodríguez], [Salamanca]: Consejería de Educación y Cultura, Junta de Castilla y León, 2001.

CHENEY, Christopher R. “Notes and documents: Richard de Bury, borrower of books”, Speculum, vol. 48, nº 2 (Apr., 1973), pp. 325-328.

COURTENAY, W. J. “Bury , Richard (1287–1345)“, Oxford Dictionary of National Biography, Oxford University Press, 2004

KITCHIN, George W. Monument to Richard of Bury, Bishop of Durham (A.D. 1333-1345). Leicester: Co-operative printing society, ltd. 1903.

GALIMARD, Bertrand. Le philobiblion: Le premier traité de l’amour des livres. Podcast en francés de la emisión de radio [11 de abril 2006] del Canal Académie: Les Académies et l`Institut Frances sur Internet.

PUIGARNAU, Alfons. “Muerte e iconoclastia en la Cataluña medieval”, en Milenio: Miedo y Religión. IV Simposio Internacional de la SECR, Sociedad Española de Ciencias de las Religiones. Universidad de La Laguna, Tenerife, 3 al 6 de febrero de 2000.

QUINEY, Aitor. Josep Triadó i Mayol: un ilustrador de libros de la época modernista. Barcelona, Biblioteca de Catalunya, marzo 2010, pp. 12-39.

Pie de página (Footnote). Una película de Joseph Cedar

Pie de página  (Footnote). Una película de Joseph Cedar

Un padre y su hijo rivalizan en la investigación de las variantes manuscritas del Talmud. Pronto ambos comprobarán –como dice la canción– las sorpresas que la vida te puede deparar.

La película de Joseph Cedar (2011), que ha obtenido una decena de premios de la Academia de Cine Israelí -mejor película, actor y director, entre ellos- y el premio al mejor guión del Festival de Cannes, nos permite ver el día a día de los investigadores, pegados a las ya algo demodé máquinas de microfilms, y cómo éstos, supuestamente, pueden deambular por los depósitos de la Biblioteca Nacional de Israel.

Cartel de la película Pie de página
Cartel de la película Pie de página

Quid est liber?

Quid est liber?

¿Qué es un libro? O mejor dicho, qué era el libro manuscrito para el hombre medieval. Cabe que esta misma pregunta ya se la hiciese a sí mismo el polígrafo altomedieval San Isidoro de Sevilla (556-636) pues, en el Libro VI, 13 de sus Etimologías, se dedica a compilar valiosas respuestas de saber enciclopédico acerca de qué es un códice, un volumen, o sobre el origen de la propia palabra latina liber.

El libro manuscrito medieval era razonablemente costoso de elaborar, pudiendo llegar a constituir una mercancía de lujo y prestigio. Habría que esperar a la irrupción de la imprenta a mediados del XV para que su confección en serie se abaratase en gran medida, contribuyendo así a su difusión social y espacial a gran escala.

Pero volvamos a acercarnos al libro manuscrito medieval, si bien desde otros puntos de vista, ora la visión poética del jurista italiano Luca da Penne (1325-1390), ora la biblofílica del obispo británico Richard de Bury (1287-1345) –que trataremos en otro post-.

Luca da Penne: el jurista humanístico

Luca da Penne (1325-1390), “de civitate Apruggi Regni Neapolitani”, después de laurearse en los Estudios de Nápoles, alcanzará la judicatura y, finalmente, el doctorado en leyes en 1345. Desde Nápoles viajará a Aviñón, donde será acogido por la Curia Papal. Allí conocerá al cardenal Pierre Roger -el futuro Papa Gregorio XI, a quien están dedicados sus Tres libros del códice de Justiniano. Con el ascenso de su nuevo protector al solio pontificio (1370) Luca obtendrá el cargo de Secretario Pontificio de Aviñón, ciudad desde donde escribe al poeta humanista Francesco Petrarca (1374) para requerirle unos resúmenes de las obras de Cicerón -aunque de éste sólo obtendrá  una respuesta larga y difusa-.

Pietra sepolcrale del giurista Luca da Penne custodita nel chiostro della casa comunale di Penne(Pescara)
Piedra sepulcral del jurista Luca da Penne, custodiada en el claustro de la Casa Comunale di Penne (Pescara)

El ambiente fecundo de la Corte pontificia hará acrecentar su interés por las letras clásicas. Luca es autor, entre otras obras, de las Glosas a las Constituciones del Reino de Sicilia, de un Comentario a los IX libros de los hechos y dichos memorables de Valerio Máximo y, sobre todo, de un importante Comentario a los tres últimos libros del Códice de Justiniano.  En sus Tres libros Luca introduce gran cantidad de referencias de la literatura clásica -Aristóteles, Cicerón, Séneca, Valerio Máximo-, de la literatura cristiana antigua -Lactancio, Casiodoro, Cipriano, Juan Crisóstomo, Jerónimo, Ambrosio, Orosio y Agustín-, de prosistas griegos y romanos –Herodoto, Salustio, Apuleyo, Suetonio, Plinio, Virgilio, Horacio, Terencio, Ovidio, Tertuliano- y de filósofos medievales -Juan de Salisbury, Alain de Lille, Pierre Blois, Hugo y Ricardo de San Víctor, Egidio Colonna, Tomás de Aquino-. Luca da Penne se interesa por el mundo antiguo, en especial por los textos legales y las instituciones romanas -las antiguas magistraturas, la legislación fiscal y mercantil, el derecho militar- por toda la administración imperial en suma.

Con el retorno del Papa a Roma, Luca también abandona Aviñón (1377) y desde 1379 regresa a su Penne natal, en donde trabajará como abogado hasta su muerte, acaecida en torno a 1390.

La letanía de Luca da Penne y el “homenaje” de Francisco Santiago Palomares

La más celebre letanía bibliofílica es la atribuida en las fuentes bibliográficas a Luca da Penne In rub. de naviculariis, seu naucleris lib, II– (Chesseneux, B, 1586Mader, J. J. y Schmidt, J. A., 1702-1703; Morhoff, D-G.,  1732; Conrad Oerlichs, J. C. , 1756; Peignot, G., 1802). Reproducimos a continuación una versión de la misma extraída de un Códice misceláneo toledano (BPE de Toledo, MS. 381, Fol. 26 v.) BVPB20070008362.

Códice Misceláneo Toledano (BPE de Toledo, MS. 381, Fol. 26 v.) BVPB20070008362.
Códice Misceláneo Toledano (BPE de Toledo, MS. 381, Fol. 26 v.) BVPB20070008362.

Liber est lumen cordis ;
Speculum corporis ;
Uictiorum confussio ;
Corona prudentium ;
Diadema sapientium ;
Honorificentia doctorum ;
Uas plenum sapientia ;
Socius itineris;
Domesticus fidelis;
Hortus plenus fructibus ;
Archana reuelans ;
Obscura clarificans ;
Rogatus respondet ,
Iussusque festinat ,
Uocatur properat
Et faciliter obediens.
Explicit.

¿QUÉ ES EL LIBRO?

El libro es luz del corazón; Espejo del cuerpo; Confusión de los vicios; Corona de prudentes; Diadema de sabios; Honra de doctores; Vaso de sabiduría; Compañero de viaje; Criado fiel; Huerto lleno de frutos; Revelador de arcanos; Aclarador de oscuridades; Preguntado responde, y mandado anda deprisa, llamado acude presto, y obedece con facilidad. Fin.

Versión en castellano del profesor Manuel Cecilio Díaz y Díaz.

[Hay versiones ligeramente diversas, como la explicada frase a frase por el escritor e historiador valenciano Francesc Almela i Vives (1929)]

El citado códice misceláneo toledano, que consta escasamente de 32 folios de pergamino reaprovechados de códices antiguos, constituiría una supuesta falsificación en minúscula visigótica llevada a cabo por un virtuoso calígrafo dieciochesco: Francisco Santiago Palomares. “Para evitar que se localicen con excesiva facilidad las fuentes utilizadas, los textos no se copian por completo, sino que se dejan caer ciertas frases o porciones, para dar la impresión de que se trata de verdaderos accidentes de la transmisión textual” (Díaz y Díaz, M.C. , 1972, p. 112)

De este mismo calígrafo tenemos como muestra en la BDH el manuscrito Colección de sellos y firmas de reyes de España (BNE MSS.2992) y el doble volumen impreso por Antonio de Sancha El maestro de leer: conversaciones ortológicas, y nuevas cartillas para la verdadera uniforme enseñanza de las primeras letras (BNE U/1314-1315) que de sobra nos dan cuenta de su virtuosismo en el trazo e imitación de letras.

[En el blog de otro calígrafo, éste ya contemporáneo a nosotros, podemos contemplar una recreación coloreada de la misma letanía que da bastante juego].

El estudio codicológico efectuado por el profesor Díaz y Díaz distingue hasta 10 textos en el códice, y parece que no deja lugar a dudas respecto a la autoría del mismo y a la cronología de la supuesta compilación: Francisco Santiago Palomares, siglo XVIII):

  1. Fol. 1, De quinque clauibus sapientiae liber –extraído de una edición renacentista de Antonio de Nebrija-
  2. Fol. 13 (Carmina Burana 11: Adam clericus -no anterior a inicios del XV
  3. Fol. 17 (De litera R.)
  4. Fol. 17 (De hysopo)
  5. Fol. 17 (De signis Zodiaci)
  1. Fol. 20 Mors cunctis imperat una –Copia manuscrita de una Danza de la muerte incluida en un incunable impreso en 1495 en Paris por Johannes Phillipi de Kreuznach-
  2. Fol. 20 (Ps. Iulii Obsequentis prodigio) –copia manuscrita extraída de una edición de Conradus Lycosthenes en Basilea en 1552-
  3. Fol. 26 Quid est liber ¿Texto anónimo del siglo XI? – es más bien una variación de una letanía atribuida a Luca da Penne, y como muy pronto, de la segunda mitad del siglo XIV-
  4. Fol. 27 Priscus de ponderibus et mensuris liquidorum et aridorum
  5. Fol. 32 (Explicit) Finito libro laus et gloria Xpo. Detur pro.

En palabras de José María Fernández Catón, en cualquier caso “ello no quita ningún mérito al contenido del texto Quid est liber?, escrito en minúscula visigótica, ya que tiene sus raíces, si no es anterior, en los Beatos y en las Etimologías de Isidoro”.

Manuel Pérez Rodríguez

Biblioteca Digital Hispánica

Post original publicado también en el Blog de la BNE

Bibliografía

ALMELA I VIVES, Francesc. Una letanía y una glosa: [artículo que ha obtenido el premio al mejor elogio del libro] en El Levante agrario. Murcia, miércoles 9 de octubre, 1929.

CHASSENEUX, Barthelemy. Catalogus Gloriae mundi / ; D. Bartholomaei Cassenaei … ; in quo … de dignitatibus, honoribus, praerogatiuis [et] excellentia spirituum, hominum, animantium rerumq[ue] caeterarum omnium … ita disseritur … ; diuisum in libros duodecim. ; Francoforti ad Moenum : impensis Sigismundi Feyrabendij, (apud Martinum Lechlerum), [1586]

DÍAZ Y DÍAZ, Manuel Cecilio. ”El códice “visigótico” de la Biblioteca Provincial de Toledo: sus “problemas” literarios”  en Homenaje a Antonio Tovar, Gredos: 1972, págs. 105-114.

FERNÁNDEZ CATÓN, José María. Creadores del libro: del medievo al renacimiento: Sala de Exposiciones de la Fundación Central Hispano, 28 de septiembre-20 de noviembre, 1994. [Madrid]: Dirección General del Libro y Bibliotecas: Fundación Central Hispano, [1994].

ISIDORO, Santo, Arzobispo de Sevilla. Etimologías. San Isidoro de Sevilla; texto latino, versión española y notas por José Oroz Reta y Manuel-A. Marcos Casquero; introducción general por Manuel C. Díaz y Díaz. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC); vol. 647, 2004.

ISTITUTO DELLA ENCICLOPEDIA ITALIANA. Dizionario biografico degli italiani Vol. 66 Lorenzetto-Macchetti. Roma: Istituto della Enciclopedia Italiana, 1960 <[2011]>, p. 251-254.

MADER, Joachim Johann y SCHMIDT, Johann Andreas,  De bibliothecis atque archivis virorum clarissimorum libelli et commentationes. Cum praefatione De scriptis et bibliothecis antediluvianis / ; Antehac edidit Joachimus Joan. Maderus.  Helmestadii: Typis ac sumtibus Georg. Wolfgangi Hammii, 1702-1703.

MORHOF, Daniel Georg. Polyhistor. literarius philosophicus et practicus. 2 vols. Lubecae : Boeckmann, 1714.

OELRICHS, Johann Carl Conrad. Dissertatio de Bibliothecarum ac librorum fatis … Sedimun, 1756.

PEIGNOT, G. Dictionnaire raisonné de bibliologie … ; Vol. 1 (1802) Paris : Renouard, 1802-1804.

ULLMANN, Walter. The medieval idea of law as represented by Lucas de Penna: a study in fourteenth-century legal scholarship. London : Methuen & Co., [1946] (Richard Clay and Company).

Alfonso el Magnánimo y la divisa del libro abierto

«Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer»

Alfonso V de Aragón (1396-1458)

Alfonso V de Aragón, el rey bibliófilo

La pasión del rey Alfonso V de Aragón y I de Nápoles por los libros es de sobra conocida. Alfonso, “castellano de origen y mentalidad”, nace infante Trastámara en Medina del Campo (1396), siendo el hijo primogénito de Fernando de Antequera –regente de Castilla y futuro Fernando I de Aragón- y de Leonor de Alburquerque. En la Corte castellana de Enrique III ya supo rodearse de cortesanos poetas como Iñigo López de Mendoza, futuro marqués de Santillana. Será también en aquella Corte donde adquiera sus primeros conocimientos de latín, filosofía y poesía.

Mino da Fiesole. Alfonso V de Aragón (Museo del Louvre)

En su primer viaje a Italia, recién coronado rey (1416), se hará acompañar de hombres letrados y de armas como Pedro de Santa Fe, Jordi de Sant Jordi, Andreu Febrer y Ausias March. Su patrimonio librario se limitaba por entonces a 61 volúmenes. Sin embargo, tras la conquista de Nápoles (1443) el Magnánimo ya había conseguido reunir –primero en Gaeta, después en Nápoles– una “Biblioteca de Estado” de alrededor de 2500 volúmenes, dotada además de un presupuesto de 20 mil ducados anuales. Una colección excepcional para su tiempo, que sería acrecentada más tarde por sus sucesores en el trono napolitano (Bas Carbonell, 2008).

Iluminada durante el día por amplios ventanales,  por velas y luminarias en las horas nocturnas, la Biblioteca Real de Castel Nuovo contaba con su propio personal especializado: bibliotecarios, iluminadores, copistas y encuadernadores. A manera de ejemplo, la documentación histórica atestigua que sus bibliotecarios-conservadores Baltasar Scariglia y Tomas de Venia cobraban mensualmente 8 ducados, 1 libra y media de azúcar y 4 libras y media de velas para iluminar la sala de lectura (Alcina Franch, 2000).

Gracias a diversos inventarios y epistolarios, tenemos conocimiento de que su extraordinaria biblioteca se fue constituyendo por muy diversas vías: Por medio de compras especiales, por incautación de botines de guerra, por encargos concretos a copistas y miniaturistas, por copia directa de manuscritos –pedidos en préstamo por sus embajadores en Roma, Venecia, Florencia– o merced a regalos recibidos de manos de otros príncipes y cortesanos.

La colección libraria real reunida por Alfonso tenía un carácter mixto cristiano-pagano, ya que abarcaba por igual obras de temática religiosa (biblias, salterios y obras de teología), clásicos de la Antigüedad (César, Tito Livio, Virgilio, Séneca, Tucídides, Quintiliano, Macrobio, Flavio Josefo, Plinio, Ptolomeo, Vitruvio, Aristóteles, Platón, Ovidio, Horacio, Nepote, Suetonio, Homero, Esopo, etc.) y por supuesto, obras de humanistas coetáneos suyos (Valla, Aretino, Guarino, Pontano, Faccio, il Panormita, etc.). La herencia de la Antigüedad Clásica palpitaba en la cuidada selección de textos latinos allí reunidos –con decoraciones a menudo inspiradas en el estilo romano–,  aunque su colección más personal nunca renunciaría a la miniatura gótica flamenca –muy del gusto del monarca–. Podemos concluir pues que la Biblioteca Real tenía la doble función de servir a los “studia humanitatis” de su Corte, y de potenciar la imagen simbólica de su propietario como personaje poderoso y cultivado.

En efecto, Alfonso V crea y mantiene una Corte Humanística en Nápoles. Su esposa, María de Castilla, queda como regente en sus dominios peninsulares; él, mientras tanto, encontrará en tierras italianas los favores de otra dama: Lucrezia d`Alagno.

El Magnánimo reúne en su Corte a poetas y eruditos castellanos, aragoneses, valencianos y catalanes –como Pedro de Santa Fe, Jordi de Sant Jordi, Andreu Febrer, Ausias March y Joanot Martorell– los cuales compondrán versos en sus lenguas vernáculas.

Cancionero de Stúñiga (BNE VITR/17/7)

El Cancionero de Stúñiga (VITR/17/7) –custodiado en la BNE- recopila buena parte de la poesía lírica compuesta en dicha Corte: un total de 164 composiciones de más de 40 autores -como Lope de Estúñiga, Carvajal, Juan de Mena, y el ya citado Marqués de Santillana-. El Cancionero refleja asuntos cortesanos, con alusiones al rey Alfonso, a la reina María, a su hija ilegítima, a su amante Lucrezia y a los nobles y damas de sus veladas napolitanas. En él predomina la temática del “amor cortés” –el amor idealizado y no correspondido del caballero hacia la dama- y, en menor medida, los temas festivos, elegíacos, la sátira política y hasta la “parodia sacra”. En su frontispicio destaca la orla vegetal donde cuatro virtudes sostienen una láurea, cuyo escudo interior quedó en blanco.

Junto a aquellos hispanos, Alfonso V también se sabrá rodear de los grandes humanistas itálicos del momento: hablamos de personajes como Poggio Bracciolini, Pier Candido Decembrio, Flavio Biondo, Giannozzo Manetti, Porcellio Pandone, Enea Silvio Piccolomini, Giovanni Pontano, Lorenzo Valla –su secretario personal–, Antonio Beccadelli il Panormita –su asesor cultural y autor de su 1ª biografía: De dictis et factis Alphonsi regis Aragonum (BHUV Ms. 445)– y Bartolomeo Faccio. Éste último, en su De viris illustribus (1456), no dudará en mostrarle como un gobernante “pío, culto, firme e imparcial, síntesis perfecta de los principios cristianos y del César romano”.

En esta misma línea propagandística, Lorenzo Valla pone al servicio del rey todos sus conocimientos filológicos y no duda en denunciar como falsa la pretendida “Donación de Constantino”, a fin de ensalzar la figura del monarca aragonés frente al pujante poder papal. El mismo Valla relata en sus Recriminationes in Faccium que el rey tenía a bien que le leyeran textos antiguos, interrumpiendo la lectura para plantear cuestiones y comentarios a sus interlocutores.

Según Piccolomini, era tal su interés por adquirir conocimientos que a menudo Alfonso entraba en el Estudio y la Universidad napolitanos confundiéndose con los alumnos (Mechó González, 2010).

Como muestra de su bibliofilia, nos relata il Panormita que, la víspera anterior a entrar en combate, el rey tenía por costumbre reunir a sus oficiales y leerles textos de Séneca, Julio César y Tito Livio, libros estos que guardaba bajo su lecho: “sabemos que dormía el rey con los libros debajo de la cama y cuando despertaba al amanecer, pedía lumbre para seguir leyendo”, no en vano Alfonso llegó a afirmar que  “prefería perder un reino antes que uno de sus libros” (Bas Carbonell)

Otro ejemplo de su amor por los libros lo encontramos en una carta remitida por Alfonso V a Cosme de Médicis, en la cual le confiesa: “ningún presente honra tanto, no sólo al que lo recibe, sino también a quien lo da, como los libros que encierran sabiduría. Por ello, oh Cosme mío, te expreso mi agradecimiento de manera muy singular. No solo acrecientas mi biblioteca, sino mi dignidad y mi fama” (Rubio, 1960; López Poza, 2009).

La heráldica del rey Alfonso. Sus armas y emblemas

Las armas de Alfonso V, como Rey de Aragón, de Sicilia, de Nápoles, y Duque de Calabria, eran: preferentemente, los palos verticales de oro y gules de Aragón, solos, o bien combinados en sotuer con las águilas de Sicilia, o bien cuartelados con la suma de los palos horizontales de plata y gules de Hungría, los lises dorados sobre azur de Francia y las cruces potenzadas de Jerusalén. Esta última combinación –propia del escudo del Reino de Nápoles– es una de las predominantes en las orlas de los manuscritos humanísticos de la Biblioteca Real, junto con la versión cuartelada Aragón-Jerusalén –propia del Ducado de Calabria–.

Armas del Reino de Aragón con la cimera del “drac pennat” -emblema parlante por equivalencia entre dragón y d´Aragón-. Arriba, a la izquierda, fol. 108 del Gran Armorial de la Toison d´Or (BNF RES MS 4790). A la derecha, detalle del fol. 65 del Ms. Harley 6199 (Brritish Library).

Escudo del Reino de Nápoles, detalle del fol. 2 del Franceschi Philelphi Satyrae hecatosticae (BHUV Ms. 0398)

Hay que comentar que, en los manuscritos de su biblioteca, además de las armas de Aragón y sus combinaciones, aparecen en menor proporción otros escudos, como el de los Sforza, algunos pontificios y cardenalicios y los blasones de algunos particulares.

Como complemento a sus armas, el Magnánimo adoptó además unos emblemas y motes propios y originales. En las miniaturas de la biblioteca de los reyes napolitanos aparecen variados emblemas reales de compleja explicación, como las montañas diamantinas, los armiños, la telaraña, la madeja de oro, el nudo, la rueda, la cabellera, la planta espinosa, los carcajes, el martillo, etc. (Alcina Franch). Pero fueron sobre todo tres, por su marcado valor simbólico, los más significativos para Alfonso V: Las espigas de mijo, el sitial peligroso y el libro abierto –sobre el cual nos detendremos más en detalle–.

El haz de mijo solía venir asociado al mote latino “Non timebo milia populi”. Este lema se prestaba a un juego de palabras, ya que el numeral mil y mijo se escribían igual en latín: “No temeré el mijo del pueblo / no temeré a mil del pueblo”. El mijo, como cereal, era además símbolo de la incorruptibilidad y de la caridad.

El siti perillós –el sitial peligroso–, a veces incluso llameante, comenzaría a ser usado como emblema tras su entrada triunfal en Nápoles (26 febrero 1443) –plasmada en el relieve del arco de Castel Nuovo, obra de Francesco Laurana–, alegoría sin duda de la dificultad que le supuso su conquista. Hay quienes han visto en él la silla curul que precedía a los emperadores romanos en las entradas triunfales: “el imperio puede consumir al hombre en su propio orgullo, pues el triunfador era al fin y al cabo tan sólo un hombre” (Esteban Llorente, 2010). Pero también hay quien ve en el sitial reminiscencias de la leyenda artúrica, como “la silla reservada a quien, puro de corazón, lograra sentarse en ella, aún a riesgo de perder su vida, demostrando así estar destinado a encontrar el Santo Grial de la Última Cena” (Beltrán, 2008).

El libro abierto. Es imposible renunciar a la idea del libro como objeto preciado, parte integrante de un tesoro patrimonial y una expresión más del poder real. Así lo parece atestiguar el emblema del libro abierto y el lema “Liber sum” (Toscano, 2010). El libro evoca en latín (liber) un doble significado, esto es, “soy un libro”, pero también “soy libre”.

Nos relata Beccadelli il Panormita: “La divisa del rey es un libro abierto, para demostrar que a él le corresponden el saber y el conocimiento de las buenas artes y la ciencia, lo cual no se puede alcanzar sin leer, estudiar y amar los libros”. Dice igualmente: “En el fragor de las batallas, entre banderas y gallardetes sobresalía su insignia, que traía por divisa un libro abierto con la inscripción Vir sapiens dominabitur astris”. La leyenda inscrita en el libro parece remitir a un aforismo astrológico atribuido a Claudio Ptolomeo, que en la corte del Magnánimo venía a traducirse como  “el hombre sabio es capaz de decidir su propio destino”.

La citada divisa del libro y su correspondiente mote los hallamos también en las medallas de la Liberalitas Augusta, acuñadas en 1449 por Antonio di Puccio Pisano, Pisanello. -Merece la pena visualizar sus bocetos preliminares a tinta para medallas similares, reunidos en el Codex Vallardi (2306 r., 2307, 2486) del Museo del Louvre-. Estas medallas no eran sino ofrendas o regalos fácilmente transportables que el monarca entregaba a sus allegados. Por lo demás, el propio Alfonso era coleccionista de monetarios antiguos y, como los otros príncipes italianos de su época, apreciaba la rica medallística del pisano: Pisanello será admitido entre los “familiares” del rey, siendo además gratificado con una renta anual de 400 ducados (Toscano).

Pisanello. Medalla de la “Liberalitas Augusta” de Alfonso V, 1449 (M.A.N.)

Anverso: · DIVVS · ALPHONSVS · REX · / · TRIVMPHATOR · ET · / · PACIFICVS · Busto armado del rey de perfil a la derecha; a la izquierda una celada abierta con cimera de cresta solar y decorada con la divisa del libro abierto con el mote del “Vir sapiens dominabitur astris”; a la derecha del busto, una corona real y sobre ella · M · / · · C · C · C· C·, y debajo XLVIIII.

Reverso: LIBERA LITAS · / · AVGV STA ·. Un águila imperial, que al parecer acaba  de matar un corzo, invita a sus crías a que disfruten de  su presa. En exergo: PISANI PICTORIS · OPVS ·.

A Pisanello se le atribuye el redescubrimiento iconográfico y documental “quattrocentesco” de la tradición numismática romana. En el anverso de esta medalla el soberano se hizo representar armado, con los apelativos de divino, triunfante y pacífico. La celada con cimera solar y el libro con aforismo astrológico le venían a definir además como sabio y nuevo Apolo.

Esta misma medalla servirá de inspiración mucho más tarde (1557) al pintor Juan de Juanes para realizar su célebre retrato de Alfonso el Magnánimo (Museo de Zaragoza), y cuyo lienzo estuvo expuesto en la muestra Otras Miradas, organizada con motivo del Tricentenario de la Biblioteca Nacional de España.

Juan de Juanes. Alfonso V de Aragón, 1557. (Museo de Zaragoza)

Al rey Alfonso se le atribuyen las siguientes palabras: “los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer”. Este mismo sentido lo encontramos bajo la fórmula latina: “nec spe sine metu”, y ostentando por “pictura” unos libros, en Los emblemas morales de Juan de Borja (Praga, 1581), asociándose “a la lealtad del buen consejero, al que no guían más intereses que los de su señor, sin esperar premio ni temer castigo, algo tan difícil de lograr, que sólo puede hallarse en los consejeros muertos, es decir, en los libros”. (López Poza).

Como marca de propiedad e imagen de poder, las armas y divisas reales figuraban decorando los objetos más diversos: Desde la tienda de campaña del monarca “una tenda gran Real de cotonina la qual fou del Rey Alfonso ab divises de libres…”, a la gualdrapa de su caballo de guerra (BL Add MS 28962, f. 78 r.) pasando por instrumentos musicales, como cierto órgano “figurades les armes d`Aragó, li Siti perillós e lo libre…”, o, por supuesto, sus piezas de orfebrería, las cuales habría de empeñar para financiar la conquista de Nápoles. También aparecen sus armas y divisas en una galera de guerra “e tot l`enfront de la popa molt spes es ple de petits scuts d`armes d`Aragó et des libres…”. Y del mismo modo figuraban sus insignias en estandartes, como la veintena que el pintor valenciano Jacomart le decorara en 1447 (Español, 2002-2003).

Sus armas y divisas fueron reproducidas también en elementos constructivos, como las claves pétreas de la Gran Sala de Barones del Castel Nuovo de Nápoles (Serra Desfilis, 2008), o en las partidas de azulejos de Manises, encargadas al alarife Juan Al-Murci para solar sus fortalezas de Gaeta, Castel Nuovo y Valencia, y sus fundaciones monacales. Estas losetas y alfardones lucían esmaltados en azul cobalto los mills, llibres e títols”, los lemas reales referentes a la virtud necesaria para acometer y culminar la conquista de Nápoles: “Virtut apurar no’m fretura sola” (“No me faltará virtud hasta el final”), “Seguidores vencen” y el salmo “Dominus mihi adiutor et ego despreciam inimicos meos”: (“Sea el Señor en mi ayuda, y yo haré desprecio de mis enemigos”) (Coll Conesa, 2009).

Alfardón de Juan Al-Murci, S. XV, con las divisas reales de los “Mijos” y el “Libro”. (Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias González Martí)

El emblema del libro abierto en los manuscritos napolitanos

Para la elaboración de este capítulo hemos recurrido en buena medida a la extraordinaria biblioteca virtual del proyecto cooperativo de digitalización Europeana Regia (Europeana 2010-2012, BNF, BSB, BHUV, HAB, KBR) de la cual hemos extraído las  imágenes y extractos de descripciones catalográficas que articulan nuestro discurso.

Detalle de Leonardus Bruni Aretinus: Historia florentini populi (BNF MSS. Latin 5895) (1475, Biblioteca de Ferrante I de Aragón, rey de Nápoles)

La heráldica de los manuscritos de la biblioteca real de Nápoles ha sido de suma utilidad para su datación, pues contribuye a establecer las relaciones dinásticas entre las diversas casas nobiliarias, ejerciendo ante todo como signos de propiedad y verdaderos ejemplos de los gustos culturales de los reyes napolitanos (Alcina Franch).

Los escudos de armas reales figuraban en las miniaturas, generalmente en el margen inferior central de orlas vegetales, a menudo sostenidos por angelillos o niños desnudos. Por su parte, la emblemática real estaba representada en las citadas orlas humanísticas dentro de láureas y roleos dorados o de pedrería, pero también dentro de las letras capitales de los textos.

Destacamos a continuación las siguientes obras manuscritas de la biblioteca de los reyes napolitanos cuyos frontispicios lucen, entre otras, la divisa del libro abierto:

Marcus Junianus Justinus, Epitome Historiarum philippicarum Pompei Trogi (BNF, MS. Latin 4956)

Marcus Junianus Justinus , Epitome Historiarum philippicarum Pompei Trogi (BNF, MS. Latin 4956). Copiado por Jacobus Antonius Curlus e iluminado por Justin de París. Su bello frontispicio (Fol. 9 r.) está decorado con orla vegetal de “bianchi girari” rellena de querubines, ciervos, pavos reales y mariposas. En el friso superior, un ángel tenante de túnica azul sostiene las armas de Aragón. Sendas parejas de ángeles sostienen lacerías con las armas de Aragón-Sicilia -friso derecho-, y de Nápoles-Aragón –friso inferior-. La Inicial ”C” historiada representa al escritor Marco Juniano Justino leyendo en un atril bajo dosel. En los ángulos, lacerías con los emblemas reales: el libro abierto, el nudo de Salomón, el haz de mijo, el sitial ardiente y la jarra de lirios -emblema de la orden de la jarra de lirios, instaurada por Fernando de Antequera, padre de Alfonso V-. (Entre 1400-1458. Biblioteca de Alfonso V el Magnánimo).

Emilii Probi De excellentibus ducibus externarum gentium. Lattantii Firmiani versus de Phenice (BHUV Ms. 0765)

Emilii Probi De excellentibus ducibus externarum gentium. Lattantii Firmiani versus de Phenice (BHUV Ms. 0765). Este códice florentino transcribe la obra “Vitae excellentium imperatorum”, y las vidas de los autores latinos Atico, Catón y Virgilio, por Cornelio Nepote, y el poema “De ave phoenicea” de Lactancio. Decoración: En el fol. 4, frontispicio con decoración vegetal con aves, ciervos y mariposas,  emblemas reales –montañas diamantinas, nudo, libro abierto y cabellera– y, en la parte inferior, sendos “putti” flanqueando el escudo del Ducado de Calabria (En torno a 1472, Biblioteca de Alfonso de Aragón y Chiaromonte, Duque de Calabria).

Macrobii Theodo[sii] Saturnalior[um]; [Commentarii in Somnium Scipionis]. Pu[blii] Cornelii Scipionis africani Somnium (BHUV Ms. 0055)

Macrobii Theodo[sii] Saturnalior[um]; [Commentarii in Somnium Scipionis]. Pu[blii] Cornelii Scipionis africani Somnium (BHUV Ms. 0055). El códice transcribe los siete libros de las “Saturnales” de Macrobio, en los que se trata unitariamente temas muy diversos como el lujo, el baile, la embriaguez y otros temas. La figura fundamental es el personaje de Virgilio, considerado como un sabio, que es tratado en los libros 3-6.  El manuscrito contiene también los “Commentarii in Somnium Scipioni”, que eran la parte final del tratado político “De re publica” de Cicerón.  Decoración: Miniado por Cristoforo de Majorana, presenta una bella orla floral y figurada que contiene: ángeles, dragones, caracol, aves, serpiente con cabeza de mujer, emblemas reales –libro abierto, sitial ardiente, haz de mijo, madeja, telaraña, montañas de diamante–, y el escudo de los soberanos de Nápoles (En torno a 1472. Biblioteca de Alfonso de Aragón y Chiaromonte, Duque de Calabria).

Ioviani Pontani De obedientia; De príncipe (BHUV Ms. 0833)

Ioviani Pontani De obedientia; De príncipe (BHUV Ms. 0833). Este códice transcribe dos tratados de política de Giovanni Gioviano Pontano. El primero de los cuales, el “De obedientia” (f. 3 º-87r) está dedicado a Roberto Sanseverino, príncipe de Salerno, y el segundo, “De Principe” (f. 91r-107v), está dedicado a Alfonso, Duque de Calabria. Miniado por el napolitano Cristoforo Majorana, en el folio 3 presenta una orla con “bianchi girari”, en cuyos tondos aparecen representados la Justicia, la Templanza, Mercurio y Hércules, así como varios emblemas reales –el libro, el trono en llamas–. En la parte inferior, el escudo de Aragón-Calabria. (En torno a 1475. Biblioteca de Alfonso de Aragón y Chiaromonte, Duque de Calabria).

Beati Thomae de Aquino Ad regem Cypri de rege et regno (BHUV, Ms. 0840)

Beati Thomae de Aquino Ad regem Cypri de rege et regno (BHUV Ms. 0840). El códice transcribe la obra “Del reino y de los reyes de Chipre” de Santo Tomás de Aquino, quien escribió hasta el capítulo cuarto del libro segundo, donde empezó a escribir Ptolomeo de Lucca, quien la finalizó. Según De Marinis este manuscrito fue realizado por Jacopo da Fabriano para Isabel de Aragón, hija de Alfonso, duque de Calabria, y de Hipólita María Sforza, antes de sus bodas con el duque de Milán, Gian Galeazzo Sforza. Preciosa orla miniada en oro, con emblemas –sitial ardiente, libro abierto, mijo–, “putti” y santo Tomás sosteniendo, con la mano derecha, el escudo de los monarcas napolitanos, y con la izquierda, el blasón de la familia Sforza –cuarteles de águilas y serpientes, de cuyas bocas sale el hombre rojo-. La letra capital miniada representa al monarca entronizado, con globo y espada o cetro (En torno a 1486, Biblioteca de Ippolita Maria Sforza, Duquesa de Calabria).

L[ucii] Iunii Moderati Columellae rei rusticae (BHUV, Ms. 0054).

L[ucii] Iunii Moderati Columellae rei rusticae (BHUV Ms. 0054). El códice contiene los doce libros de la obra “De re rustica” y el “De arboribus” de Lucio Junio ​​Columela. Miniado en el taller de Francesco Antonio del Cherica, en el f. 4  figura la orla florida de tipo florentino en la que se disponen un cervatillo, niños y aves, así como emblemas reales: el monte de punta de diamante, el libro abierto, la planta de mijo, la telaraña, y escudo del Duque de Calabria sostenido por dos “putti”. (En torno a 1488. Biblioteca de Alfonso de Aragón y Chiaromonte, Duque de Calabria).

Como vemos, los libros de lujo de la biblioteca de los reyes napolitanos respondían a muy diversos estilos decorativos e iconográficos. Pasamos a comentar a continuación unos cuantos ejemplos correspondientes a la colección inicial de Alfonso V de Aragón:

Libro de Horas de Alfonso el Magnánimo. BL Add MS 28962. Fol. 78 r.
Libro de Horas de Alfonso el Magnánimo (1436-1443). BL Add MS 28962. Fol. 78 r. Alfonso al frente de sus fuerzas arremete contra un ejército sarraceno. -Detalle de la gualdrapa con el libro abierto-

En la línea del gótico internacional valenciano, destacamos un Salterio y libro de horas. (British Library,Ms. Add. 28962),  confeccionado e iluminado por Leonardo Crespi por encargo del confesor real, el cardenal dominico Joan de Casanova. Junto a los escudos de armas de Aragón, ubicados dentro de las iniciales miniadas, la divisa del libro abierto es representada aquí en la gualdrapa del caballo real arremetiendo contra un ejército musulmán (miniatura del fol. 78).

Una muestra de la miniatura milanesa del Quattrocento la encontramos en el ejemplar Franceschi Philelphi Satyrae hecatosticae (BHUV Ms. 0398). Este manuscrito fue ofrecido por el propio autor a Alfonso el Magnánimo, como atestiguan las miniaturas de su frontispicio (f. 2 º r.), en donde figuran: El escudo de armas real acompañado de la inscripción Alphonso regio optimo maximo”, la letra capital de comienzo del texto –en cuyo interior está representada la entrega del libro al rey, sentado en su sitial, de manos del propio autor– y, finalmente, en la orla florida inferior, las iniciales del autor -(Fr) y (Ph)- flanquean su blasón, inserto dentro de una corona vegetal.

Dentro de la miniatura napolitana es reseñable un Virgilio: [Publii Vergilii Maronis Opera: Bucolica ; Georgica ; Aeneis] (BHUV Ms. 837). Su primera hoja empieza directamente por el primer verso de las Bucólicas”, en el cual destaca la “T” inicial miniada. El frontispicio presenta una orla de bianchi girari” de tipo napolitano. En la parte inferior, sendas coronas de laurel aparecen en blanco –estarían destinadas a cobijar los emblemas de su futuro propietario–. En medio, una escena virgiliana, deteriorada por el paso del tiempo. Treinta y nueve miniaturas componen las ilustraciones de todo el códice, de las cuales once ocupan toda la hoja, destacando la que representa el pasaje de la recepción en el palacio de la reina Dido y la del caballo troyano. Los investigadores han detectado la intervención de tres miniaturistas como mínimo, advirtiéndose que sólo las primeras miniaturas llegaron a ser finalizadas.

Como ejemplo de manuscritos decorados conforme a modelos florentinos, un Séneca copiado por Pietro Ursuleo e iluminado por Matteo Felice: Séneca: De Questionibus naturalibus, De Remediis fortuitorum, Liber proverbiorum (BNF Ms. Latin 17842). El frontispicio está decorado  con una orla vegetal de “bianchi girari” en la que se alternan “putti”, liebres y aves. A su derecha, una láurea alberga el retrato de perfil del rey Alfonso con la leyenda “Alphonsus Rex Aragonum”, mientras que en la parte inferior de la orla se representa un escudo real en lacería flanqueado por sendos ángeles y pavos reales. La inicial “Q” historiada del título alberga a Séneca escribiendo en su estudio.

S. Beda venerabilis, Expositio in parabolas Salomonis; S. Beda venerabilis, Commentaria in Canticas canticorum (BNF MSS Latin 2347) (1470, Biblioteca de Ferrante I de Aragón, rey de Nápoles)

A inicios del siglo XVI la Biblioteca de los reyes aragoneses de Nápoles se dispersa víctima de la venta efectuada por Federico I de Aragón al cardenal George d’Amboise y de las incautaciones de Carlos VIII de Francia (BNF), pero también merced a las partidas patrimoniales traídas consigo a Valencia por Fernando de Aragón, Duque de Calabria (BHUV). Como vimos más arriba, buena parte de los fondos vuelven a estar reunidos en línea gracias al proyecto cooperativo Europeana Regia.

A modo de conclusión, tras el estudio de la iconografía heráldica y emblemática del Magnánimo, así como del tesoro documental que constituyó su Biblioteca Real Napolitana, hemos de reiterar, una vez más, la notable labor propagandística de sus patrocinados por ensalzar por igual su imagen de triunfal conquistador de Nápoles y de nuevo “rey sabio”.


Manuel Pérez Rodríguez-Aragón

Biblioteca Digital Hispánica

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La versión por epígrafes también ha sido publicada en el Blog de la BNE

Breve historia de los bibliotecarios romanos

En entradas anteriores habíamos tratado de ciertas bibliotecas privadas de ostentación y de sus propietarios. Ahora le llega el turno a las bibliotecas públicas romanas y a sus empleados -igualmente públicos, que no privados-, gracias a fuentes históricas y sobre todo epigráficas.

Las bibliotecas públicas romanas

Las grandes bibliotecas de Roma fueron concebidas para la selección y conservación de la memoria histórica de Roma, así como la de cierta literatura, estando sus colecciones excluidas por lo general al préstamo domiciliario. Éstas estaban integradas por volumina (rollos de papiro), guardados en diversos tipos de contenedores -recipientes cerámicos, cestos de cuero, cofres de madera- y dispuestos en las estanterías de los nidi (nichos) abiertos en las paredes. Hacia los siglos III-IV d.C. el rollo fue siendo sustituido por el codex de pergamino, generalizándose entonces el uso de los armaria, muebles óptimos para guardar ambos soportes librarios.

Biblioteca Ulpia en el Foro de Trajano (Ilustración de James E. Packer)

Estas grandes bibliotecas públicas fueron en teoría creadas para disfrute de cualquier ciudadano, pero en realidad eran frecuentadas por una restringida comunidad de doctos y literatos, deseosos de acceder a obras antiguas o raras, cotejar textos o usarlas como un mero espacio de sociabilidad. Por lo demás, los usuarios habituales de estas bibliotecas públicas poseían sus propias colecciones privadas.

Antes del Principado sólo había bibliotecas privadas. Sus propietarios -como el orador Marco Tulio Cicerón y su amigo el bibliopola Tito Pomponio Ático– permitían a sus clientes y amistades utilizarlas como un privilegio adicional. Con el tiempo estos aristócratas comenzaron a considerar la posibilidad de crear una biblioteca pública para las clases populares (Fielden, 2001).

El poderoso Gaio Julio César mostró gran interés en crear una biblioteca abierta a la ciudadanía de Roma, encomendándole su consecución a un ex-partidario de Pompeyo, el pretor y literato Marco Terencio Varrón. Sin embargo, el asesinato del dictator (44 a.C.) -y la consiguiente segunda caída en desgracia de Varrón- dieron al traste con el proyecto. (Fernández, P y Rodríguez, J.A., 2006, p. 968).

Será finalmente el senador y literato Gaio Asinio Polión quien construya la primera biblioteca pública en el Atrium Libertatis -el edificio donde los censores custodiaban las tabellae con los listados de esclavos manumitidos-, al unir varias colecciones de notables romanos -como las del citado Varrón y el dictator Lucio Cornelio Sulla– y merced al botín obtenido en las Guerras Ilíricas (39 a.C.). La decoración de la misma con esculturas de escritores de renombre y la división en dos secciones -latina y griega- en sendos edificios gemelos o afrontados, se repetirá en las bibliotecas erigidas después por los emperadores y otros personajes poderosos, gracias a la práctica conocida con el nombre de “evergetismo” -el patrocinio de obra pública y espectáculos, así como la donación privada de edificios y espacios para disfrute público-.

En Roma hay documentadas las siguientes bibliotecas públicas:

– Bibliotheca in Atrio Libertatis

– Bibliotheca Templi Apollinis

– Bibliotheca Porticus Octaviae

– Bibliotheca Templi Augusti

– Bibliotheca Domus Tiberianae

– Bibliotheca in Templo Pacis

– Bibliotheca in Foro Traiano

– Bibliotheca in Capitolio

– Bibliotheca in Templo Aesculapii

También está documentada la existencia de ciertas bibliotecas menores anexas a las grandes termas, las cuales poseerían un fondo más modesto, destinado al mero entretenimiento de sus usuarios entre baño y baño. Fuera de Roma fueron conocidos también abundantes donantes de colecciones y bibliotecas, como la de Timgad -cuyo edificio fue en parte patrocinado por Flavio Rogatiano (AE 1908, 00012)-, la biblioteca del templo de Asclepio en Pérgamo -donada por Flavia Melitina, otra generosa dama local-, la Biblioteca de Adriano en Atenas, o la Biblioteca de Celso en Éfeso -cuyas magnificas fachada y exedra aún se conservan-.

Los bibliotecarios romanos

Los trabajadores de las bibliotecas públicas solían ser esclavos públicos (servi publici) y en menor medida, libertos imperiales (Augusti liberti) especializados. “Estos esclavos y libertos del emperador -la llamada familia Caesaris– pasaban por todos los escalafones, desde auxiliar inferior en el más nimio de los departamentos, hasta máximo director; constituían en efecto, una especie de funcionariado” (Casson, 2003 p. 100). A partir de Vespasiano la más alta dirección de las bibliotecas quedó reservada a los ciudadanos libres del orden ecuestre (ordo equester), quienes la ejercíeron como un cargo más en su carrera de procuratelas.

Examinando las inscripciones honoríficas y funerarias que nos han llegado, podemos distinguir varias categorías diferentes de trabajadores –procuratores bibliothecae, a bibliothecis, vilici, librarii– y tan sólo intentar esbozar sus posibles funciones.

Los “procurator bibliothecae. El emperador Tiberio fue quien dió carácter oficial a quienes ya se ocupaban de hecho de dirigir las bibliotecas, de revisar el presupuesto, de supervisar el personal y controlar las adquisiciones -ya fuera buscando títulos para su copia, comprando manuscritos a los bibliopola de la urbe o efectuando expurgos, ora políticos, ora técnicos-. Las fuentes también les denominaron “magister a bibliotheca” o “bibliothecarius” -como el “Tiberianus bibliothecariusde la Carta de Marco Aurelio a Fronto (Boyd, 1915, p.14)-.

Uno de los procuradores más longevo en su desempeño fue Tiberio Iulio Papo, servidor primero de la domus imperial y más tarde liberto imperial, que desempeñó su cargo de forma sucesiva bajo los emperadores Tiberio, Calígula y Claudio -comes Ti(berii) Caesaris Aug(usti), idemq(ue) / supr(a) bybliothecas omnes Augustorum-. Éste habría sido sucedido por un liberto de Claudio, Tiberio Claudio Scirto, que pasa por ser el primero en haber ostentado oficialmente el cargo de pro(curator) bybl(iothecarum) (CIL IX, 1739) (Houston, 2008, p. 139-146 y Houston, 2002, p. 139-176). El mismísimo Gaio Suetonio Tranquilo, autor de De vita caesarum (Las vidas de los doce césares)  fue procurator a studiis, a bibliothecis y ab epistulis del emperador Adriano (AE 1953, 73).

Traemos a colación una inscripción honorífica procedente de Colonia Ostia -la ciudad portuaria de la antigua Roma- y dedicada por sus munícipes a un procurator bibliothecarum bajo Adriano: Lucio Volusio Meciano (CIL XIV, 5347/8). Perteneciente al rango ecuestre, podemos seguir todas las procuratelas de su cursus honorum dispuestas de mayor a menor importancia. Sabemos por otras inscripciones honoríficas de Ostia que Meciano alcanzó el ordo senatorial mediante adlectio inter praetorios, llegando a ser prefecto del tesoro de Saturno y cónsul designado (Cebaillac, Caldelli, Zevi, 2010, p. 227)-

Inscripción honorífica a Lucio Volusio Meciano (Ostia). (Foto: CIL)

L(ucio) Volusio L(ucii) f(ilio) / Maeciano / Praefecto Aegypti / Praef(ecto) Annonae. Pontif(ici) M(inori) / A Libellis et Censibus imp(eratori) Antonini Aug(usti) Pii. A Studiis et / Proc(uratori) Bibliothecarum. Praef(ecto) Vehiculorum. A Libellis / Antonini Aug(usti) Pii. Sub Divo / Hadriano / Adiutori O(perum) P(ublicum). Praef(ecto) Cohortis I Aeliae / Classicae. Praefecto Fabrum / Patrono coloniae / Decurionum / Decreto Publice

A Lucio Volusio Meciano, hijo de Lucio, Prefecto de Egipto, Prefecto del Suministro del Grano, Pontífice Menor, Procurador de los Libelos y Censos del emperador Antonino Pío, Procurador Jurisconsulto, Procurador de las Bibliotecas, Procurador del Servicio de Postas, Procurador de los Libelos de Antonino Pío, Supervisor de las obras públicas del Divino Adriano, Prefecto de la Cohorte I Aelia Clásica y Prefecto de Ingenieros Militares

Patrono de la Colonia

Dedicado por decreto público de los Decuriones

Al servicio de los procuratores estaban los catalogados simplemente como “a bibliotheca”, el personal adscrito a una sección de la biblioteca -latina o griega-. Estos trabajadores -en su mayoría copistas- se encargarían de la copia manuscrita de volúmenes, de la ordenación en las estanterías, de confeccionar etiquetas de títulos, de restaurar los rollos deteriorados y redactar inventarios o catálogos. Transcribimos a continuación una inscripción funeraria procedente de la Vía Appia, dedicada por dos de ellos a su madre fallecida (CIL VI, 5189)

IVLIA · ACCA

MATER

CALLISTHNIS · TI · CAESAR

AVG · A · BYBLIOTHECE

LATINA · APOLLINIS

ET DIOPITHIS · F · EIVS · A · BIBLIOT

LATINA · APOLLINIS

VIX · AN · XLVIII

Iulia Acca / mater / Callisthnis (sic) Ti(beri) Caesar(is) / Aug(usti) a bybliothece / Latina Apollinis, / et Diopithis f(ili) eius a bybliot(thece) / Latina Apollinis / vix(it) an(nos) XLVIII.

A Iulia Acca, madre, que vivió 48 años. Se la dedican sus hijos Calístenes, [¿siervo?] del emperador Tiberio César Augusto, y Diópices, destinados a la Biblioteca Latina [del Templo de] Apolo.

Por debajo aún de éstos, los siervos públicos “vilici” se encargarían ya de las labores subalternas y del mantenimiento del edificio. Transcribimos la correspondiente inscripción funeraria (CIL VI, 4435) de la misma Vía Appia.

MONTANVS

IVLIANVS · VILIC

A · BYBLIOTHECA

OCTAVIAE · LATIN

Montanus / Iulianvs vilic(us) / a bybliotheca / Octaviae Latin(a)

Montano Juliano, vilicus de la Biblioteca Latina [del Pórtico de] Octavia.

En otras inscripciones aparece frecuentemente el término “librarius” para designar a un funcionario bien formado que llevaría a cabo tareas menores como secretario, copista, transcriptor, librero y hasta funciones sacerdotales (Boyd, 1915, p. 47).  Como es menester, transcribimos con más detenimiento una estela funeraria del Columbario de los Estatilios -cercano a la Porta Maggiore de Roma- y dedicada al difunto Noto, librarius a manu, por su esposa (CIL VI, 6314)

Estela funeraria de Noto. Columbario de los Estatilios (Roma). (Foto: Jastrow)

Nothi, librari a manu. / Non optata tibi coniunx monimenta locavit / Ultima, in aeternis sedibus ut maneant / Spe frustra gavisa. Nothi quem prima ferentem / Aetatis Pluton invidus eripuit. / Hunc etiam flevit quae qualis turba et honorem / Supremum digne funeris imposuit.

A Noto, amanuense.

Tu mujer no querría haber tenido que erigirte un monumento para el descanso eterno de tus restos.

En vano te espera ya, Noto, pues el celoso Plutón te lleva antes de tiempo.

Todos te lloramos y te dimos dignos funerales.

Taller de un epigrafista junto a una vía romana (Ilustración de Otto Schwalge)

También hubo librarii en las filas de las legiones. Estos librarii legionis percibirían tan sólo el salario básico pero, como técnicos y escribientes, estarían exentos (inmunes) de las tareas pesadas y sucias de los soldados rasos. Para hacernos una idea, han llegado hasta nosotros las cartas que -en griego nativo- enviaba el librarius legionis Gaio Iulio Apolinar a sus padres, en su Egipto natal. En ellas se queja de los trabajos penosos que se veía obligado a realizar, hasta que finalmente logra un destino de oficinas: “Ahora puedo quedarme por ahí sin hacer nada, mientras otros pican piedra todo el día como esclavos, para construir calzadas” (Connolly, 1989, p. 14) (Fields, 2009, p. 38). Pasamos a transcribir a continuación una estela funeraria hallada en Bácsa (Hungría) y perteneciente a Aurelio Saturnión, librario equiti Alae [I Ulpiae] Contariorum -escribiente de un Ala de caballería pesada destacada en Pannonia bajo Trajano- y erigida por su compañero Lucilio Vindex, también librarius de su misma Ala (CIL III, 13441).

Estela de Aurelio Saturnión. (Bácsa, Hungría). (Foto: O. Harl)

D(is) M(anibus) / Aur(elio) Saturnioni / libr(ario) eq(uiti) alae / cont(ariorum) stip(endiorum) XV / an(norum) XXXV domo / Sisciae / Luc(ilius?) / Vindex libr(arius) / alae ei{i}usdem / cives et heres f(ecit)

A los Dioses Manes de Aurelio Saturnión, escribiente del Ala [I Ulpia] de caballería pesada, que sirvió 15 años y falleció a los 35, originario de Siscia. Lucilio Vindex, escribiente de la misma Ala de ciudadanos, y su heredero, se la erigió.

Para hacernos una idea del aspecto que tendrían estos librarii contamos con algunos notables ejemplos. En un relieve funerario hallado en Municipium Claudium Virunum (Zollfeld, Austria) tenemos la oportuna representación de un librarius. Vestido con túnica de manga larga y manto con capucha, su pierna derecha busca apoyo encima de una capsa (caja cilíndrica de cuero para guardar los rollos de papiro). Sobre el mismo muslo derecho, a modo de escritorio improvisado, sostiene desplegado un volumen en el que escribe con ayuda de su stylo (pluma de caña). (Stundner, J.).

Photo O. Harl

Relieve funerario de un librarius (Virunum, Zollfeld, Austria). (Foto: O. Harl)

Estos escribientes también tomaban sus notas sobre pequeñas y manejables tablillas enceradas con la ayuda de un punzón -afilado por un extremo para anotar, y aplanado por el otro para borrar y alisar la cera de cara a futuras incisiones-, como vemos en este otro relieve funerario hallado en Flavia Solva (Austria)

Relieve funerario de un escribiente (Flavia Solvia)Relieve funerario de escribiente con tabellae ceratae (Flavia Solva, Austria). (Foto: Hermann A.M. Mucke)

Como hemos visto a lo largo de este estudio, los testimonios de las fuentes históricas, las inscripciones epigráficas (votivas y funerarias) y las representaciones relivarias de las tumbas romanas, nos aportan valiosa información sobre cómo discurría la vida de nuestros antecesores en la profesión. A modo de conclusión, y para confirmar que la perpetuación de la memoria de los bibliotecarios aún persiste, adjunto a continuación otros ejemplos algo más cercanos a nuestro tiempo:

– La sepultura barroca del fraile Joaquín Navarro, bibliotecario de los caballeros hospitalarios, en la concatedral de San Juan de Jerusalén (La Valeta, Malta).

– La estela “a la vikinga” del escritor -y director de la Biblioteca Nacional de Argentina- Jorge Luis Borges, en el cementerio de Plainpalais (Ginebra, Suiza), con la inscripción en sajón “And ne forhtedon na” (Y que no temieran).

– Y, por último, la curiosa tumba de Thomas Mann -no confundir con el escritor homónimo-, un bibliotecario norteamericano muy escrupuloso con las normas de catalogación.

Manuel Pérez Rodríguez-Aragón “A Bibliotheca Digitalis Hispanica”

Bibliografía

– ALONSO TRONCOSO, Víctor. “Las primeras bibliotecas de Roma (Romoteca)” en Revista General de Información y Documentación, 2003, 13, nº 1, p. 37-49. [en línea] <http://www.ucm.es/BUCM/revistas/byd/11321873/articulos/RGID0303120037A.PDF>

L’Année épigraphique (AE). París: Presses universitaires de France, (1888-)

– BOYD, Clarence Eugene. Public libraries and literary culture in ancient Rome. Illionois: University of Chicago Press, 1915. [En línea] <http://ia600401.us.archive.org/16/items/cu31924029525940/cu31924029525940.pdf>

– BRUCE, Lorne D. “The “Procurator Bibliothecarum” at Rome” en The Journal of Library History (1974-1987), Vol. 18, nº 2 (Spring, 1983).– CASSON, Lionel. Las bibliotecas en el mundo antiguo. Barcelona: Bellaterra, 2003.

– CEBEILLAC, Mireille, CALDELLI, Maria Letizia, ZEVI, Fausto. Epigrafía latina. Ostia: cento iscrizioni in contexto. Roma: Quasar, 2010.

– CONNOLLY, Peter. Las legiones romanas. Madrid: Anaya, 1989.

– FERNÁNDEZ, Pilar, VALCÁRCEL, José A. Julio César y la idea de biblioteca pública en la Roma antigua en: “Espacio y tiempo en la percepción de la Antigüedad Tardía”. Antigüedad y Cristianismo (Murcia) XXIII, 2006, págs. 965-979 [En línea] <http://revistas.um.es/ayc/article/view/52451/50591>

– FIELDEN, Jerry. Private Libraries in Ancient Rome [En línea]<http://www.jerryfielden.net/essays/privatelibs.htm>

– FIELDS, Nic. The Roman Army of the Principate: 27 BC – AD 117, Oxford: Osprey Publishing LTD, 2009.

– HOUSTON, George W. “Tiberius and the Libraries: Public Book Collections and Library Buildings in the Early Roman Empire”. en Libraries & the Cultural Record, vol. 43, nº 3. 2008.

HOUSTON, George W. “The Slave and Freedman Personnel of Public Libraries in Ancient Rome”. En Transactions of the American Philological Association. Vol. 132, nº 1-2, Autumn 2002, pp. 139-176.

– JHONSON, W. A. Ancient Libraries, an evolving Bibliography <http://classics.uc.edu/~johnson/libraries/library_biblio.html> [En línea] [last updated 5/6/02]

– MOMMSEN, Theodor et al. Corpus Inscriptionum Latinarum (CIL). Berlin-Brandenburg Academy of Sciences and Humanities [En línea] <http://cil.bbaw.de/cil_en/index_en.html> y Heidelberg Academy of Sciences [En línea] <http://www.uni-heidelberg.de/institute/sonst/adw/edh/index.html.en>

– RODRÍGUEZ VALCÁRCEL, José A. “Procurator Bibliothecae Augusti: Los bibliotecarios del emperador en los inicios de las bibliotecas públicas de Roma” en Anales de Documentación, nº 7, 2004, p. 231-239. [en línea] <http://revistas.um.es/analesdoc/article/view/1601>

– STRUDNER, Julia. “Tomb Buildings in Noricum” en Transformation: The Emergence of a Common Culture in the Northern Provinces of the Roman Empire from Britain to the Black Sea up to 212 A.D. [En línea] <http://www2.rgzm.de/transformation/Noricum/Graeber/Graeber_Noricum_English.htm>

El bibliómano ignorante. Bibliotecas de aparato en la antigua Roma.

Leemos en la cubierta de la buenísima edición de Errata naturae : “En El bibliómano ignorante, Luciano dirige sus feroces e hilarantes acometidas contra un famoso personaje de la época: un hombre rico, aficionado a los jovencitos y los chaperos, que engrosa cada día su biblioteca con nuevos libros -que nunca lee- con la esperanza de mejorar así su imagen y posición social”:

“DE VERDAD QUE LO QUE estás consiguiendo es lo contrario de lo que quieres. Tú crees que por comprar compulsivamente los mejores libros vas a parecer una persona con cultura, pero el asunto se te escapa de las manos y, en cierto modo, se convierte en una prueba de tu incultura. Es más, ni siquiera compras los mejores, sino que confías en cualquiera que se ponga a elogiarlos y eres un chollo para quienes mienten sobre tales libros y un tesoro a punto para los que comercian con ellos. Porque ¿cómo ibas a poder distinguir cuáles son viejos y muy costosos de los que son malos y además están envejecidos? ¿O es que puedes reconocer en qué medida están devorados y destrozados tomando a los gusanos como consejeros en el examen? Ya que de lo certeros o equívocos que sean sus contenidos, ¿qué forma de diagnóstico tienes?”

(Luciano de Samósata. El bibliómano ignorante)

En la antigüedad romana pocos fueron los ricos o los miembros distinguidos de las profesiones liberales que no poseyeran una biblioteca privada de más o menos dimensiones. De hecho, la moda de alardear de biblioteca llegó a irritar al mismísimo Petronio, que en su Satiricón muestra a Trimalción -liberto enriquecido aunque igualmente ignorante-  presumiendo de sus numerosos libros, y aún más a Séneca, que en su ensayo De tranquillitate animi arremete contra los ricos romanos que llenaban sus viviendas de libros que no leían:

“El gasto en los estudios, que es el mejor de todos, sólo es razonable dentro de ciertos límites. ¿Qué utilidad tienen esos innumerables libros y bibliotecas de los que sus dueños a duras penas pueden leer en toda su vida los títulos?  El excesivo número no instruye, antes bien supone una carga para el que trata de aprender y es mejor entregarse a unos pocos autores que perderse entre muchos.  Sucede con muchas personas ignorantes de lo más elemental que tienen los libros para adornar sus comedores, en vez de como medios para aprender.  Ténganse los libros necesarios, pero ni uno solo para exhibición.  Claro que se puede decir que es preferible gastarse el dinero en libros que en vasijas corintias o en cuadros.  Siempre es malo cualquier exceso. ¿Por qué disculpar al que desea estanterías de madera rica y marfil, al que busca las obras de autores desconocidos y no buenos y al que bosteza entre tantos miles de libros porque le agrada muchísimo ver los lomos y los títulos de su propiedad?  Verás en las casas de los más perezosos las estanterías llenas hasta el techo con todas las obras de los oradores y de los historiadores. Pues hoy, como las termas, la biblioteca se considera un ornamento necesario de la casa.  Todo ello se podría perdonar si se debiera a un gran amor a los estudios, mas, realmente, estas colecciones de las obras de los más ilustres autores con sus retratos se destinan para el embellecimiento de las paredes.”

(Séneca. De tranquillitate animi)

Para ilustrar esta entrada enlazamos el episodio Reign of terror  [min. 28:15 aprox.] de la magnífica serie televisiva Yo, Claudio -basada en la novela homónima del gran Robert Graves– que recrea de forma genial cómo funcionaba una taberna libraria, cuando un bibliopola y sus servii literatii reciben la agitada visita del tartamudo -pero profundamente culto- futuro emperador Claudio (Derek Jacobi).

Bibliografía

CAVALLO, Giugelmo y Chantier, Roger (dirs.). Historia de la lectura en el mundo occidental. Madrid, Taurus, 2003.

Manuel Pérez Rodríguez-Aragón